Probablemente no es el momento idóneo, las imágenes alteran mis pensamientos. Contengo las lágrimas; palabras rabiosas y desalentadoras, se anudan en mi garganta. Pero va a llegar el tiempo de emprenderla contra los asesinos de esperanzas, arrojarles el fuego que arde a mis espaldas, soltar el nudo de la resignación, darle curso a la ira. Dejar la sal caer por mis mejillas, desatar esta irracional bestia, apagar insulsas risas, derribar la indiferencia, arrojar la semilla en las conciencias, sin temer cosecha de funestas consecuencias. Comulgar con la violencia. No hay otra vía, este camino no ofrece decorosas salidas, la sangre debe ser vertida. Abolir el sufrimiento, torturar al tirano, demostrarle que es muy amargo el sabor del miedo. Salir del oscuro pasillo, tirar los muros cimentados en prejuicios, escupir el cadáver del verdugo. Detonar la revuelta colectiva, concretar la inconformidad que se revela en las tertulias. Avizoro el amanecer de un porvenir idílico, el mañana en que se derroque a la mentira, rebelarse contra la injusticia impositiva, aporrear la contumaz pasividad del capataz retrograda. Aventar la primera piedra, a pesar de que mis propios pecados me lapidan. Regresar de la noche, sin pesadillas en la memoria, las heridas bien sanadas, los difuntos seremos ángeles de la guarda, las misas se dirán por fiestas. Trascender, mas seguir siendo humildes servidores, ejecutando en las sombras. Allanar el camino hacia la gloria, ser obrero, compañero solidario, anónimo conspicuo.
lunes, 8 de marzo de 2010
martes, 2 de marzo de 2010
Gracias María,
María del juicio perdido,
María de las horas detenidas.
Recuerdo esa noche, fue mi decisión conocerte a oscuras, a escondidas.
Mientras la gente sana descansa, los enfermos cavan agujeros, donde meter su cabeza, ahogando ahí sus chillidos, sin molestar a los que duermen, solamente el Diablo, desde abajo, los mira satisfecho.
La primera vez, sin ceremonias de por medio. Testigos: luna, estrellas y silencio total en los cielos.
Recibí instrucciones previas, precisas, de un avezado amante tuyo.
Con mano temblorosa te conduje a mi boca, tu cuerpo encendiéndose. Te besé profundamente, muchas veces; retuve tu sabor, contaba mentalmente, mi corazón se volvía loco, de nerviosa expectación. Despedí un poco de tu esencia, bruscamente; sentado sobre un montón de basura, sentí mi ser entero, entregándose a ti. Te sostuve entre mis dedos, viendo como ardías, consumiéndote. Apuré otro beso antes de tu extinción, eras ya en ese momento dueña de todas mis alteraciones. Aturdiste mis sentidos. Me apabulló el miedo acompañándose del frío, dejé que mi ser cayera al piso, abracé mis piernas, asustado como un niño.
La brisa húmeda de verano regalaba sus caricias, tu espíritu rondaba en mis adentros, enloqueciéndome. Por un inquieto ensueño fui transportado insignes momentos; todo era mejor, la luz más brillaba, mi vista abarcó kilómetros de distancia, atónito escuché la voz de la nada, mi latido se unió al pulso del universo.
Llamaradas fantasmales cruzaban el firmamento, ánimas sin consuelo elevaban sus plañidos desde el infierno. Placer y miedo.
Me levanté para danzar tus ritmos. El aire mecía mis miembros como un muñeco de titiritero, me hacía pedazos, me revolvía y de nuevo compactaba mi quebrantado cuerpo; caminaba de puntillas sobre un inestable suelo, quería volar, me presentía ingrávido, buscaba la salida del otro lado del agujero.
Un agudo grito alarmó a la noche, ella quiso cubrir a las estrellas con un manto más oscuro. El desorden derrotaba poco a poco la impasibilidad celestial.
Tétricas sirenas de ambulancias, lastimeros aullidos de perros callejeros, cacofonía de grillos desquiciados, in crescendo, el pitido de un tren derruido, aves de hierro ensordeciendo desde arriba, mezcolanza de ruidos y destellos, cegadores destellos.
Choque de oscilaciones incontrolables, rebotes en retroceso sin sentido, átomos y planetas perdiendo los ejes, sin puntos relativos. Después de unas horas-años luz, el escorpión arremetió contra mis sienes, flagelando mi mente embotada. Pude verme, en los últimos instantes de tu dominio, los ojos abismados, árida la boca, un organismo entero entumecido, ambigua mueca en un rostro cetrino.
El incipiente sol me provocaba escalofríos.
Arrastrándome, logré llegar a mi lecho, buscando desesperado, el sosiego inmerecido.
Adiós,
María de los caminos borrados,
María del fuego prohibido.
domingo, 28 de febrero de 2010
Voy a morirme,
como gota de agua en el desierto,
palabra callada,
recuerdo incierto,
caricia rechazada.
Desapareceré,
igual que un ideal olvidado,
sueño nonato,
deseo apagado,
abstenido intento.
Mis santos,
están desnudos,
hambrientos,
arrodillados.
¡Llanto aprovecha la tristeza y viértete!
Me lamento ahora por mi muerte,
imposible hacerlo posteriormente.
Lo arrostro terrenalmente.
Muera primero el dolor,
a continuación yo;
los últimos segundos,
libre del rencor,
no siento más temor.
Me he perdonado.
miércoles, 17 de febrero de 2010
Miraste a la muerte viniendo de frente,
no sostenía libro ni balanza,
su rostro impasible, nada decía,
por eso le llaman la parca.
Suceso inesperado te suprimió de la vida,
fuiste desintegrado violentamente,
arrojado a donde nadie sabe,
el lugar no esta situado en mapa alguno;
es imposible percibirte en este sopor,
eres una presencia imperceptible,
en un punto impreciso,
del llano abismal
que es la inexistencia.
Procedes a crear tu limbo sin sufrimiento,
ha vuelto a su origen el pensamiento.
De colores y figuras no puedes hacer uso,
no es oscuridad, tampoco ausencia,
brevedad interminable, efímera eternidad, transitoria;
feneció la memoria,
te llamas Ánima, careces de forma,
mas eres dueño de esta vacía vastedad.
lunes, 8 de febrero de 2010
Con recurrencia sueño ser habitante de una ciudad en la que existe una sola calle principal, la cual es amplia e interminable; camino por ella como en una banda sin fin. La calle es toda la ciudad.
Los autos pasan sin hallar aparcamiento. Inacabable calzada donde van y vienen lo deseado y lo que se ignora.
Ruido y mucho humo enrarecen el ambiente, gritos chillones de carros indomables, piloteados por robots desquiciados que presumen un desigual dominio.
Gente atravesando de una acera a otra, combatiendo sordamente, cada uno solo; riadas de autómatas angustiados, llegando siempre tarde. Transeúntes taciturnos, osados, se hacinan en banquetas de dimensiones insuficientes, con escasa precaución juegan al equilibrista en las orillas, evitando penosamente ser agredidos.
El asfalto se empeña en detener la marcha de autos y personas.
Centauros metálicos de patas vulcanizadas lucen sus cromadas crines; rugen galopando raudamente, eludiendo los obstáculos móviles.
No hay armonía en esta vía.
Caminos serpenteantes y callejones estrechos, semejantes a vértebras arruinadas, empiezan y terminan en ella. A sus flancos, barrancos copiosos de desechos amurallan los caminos.
El cielo ofrece su límpida faz, con un sol fustigante desde el cenit, aniquilando cualquier asomo de agua en el aire o el pavimento; ninguna construcción o árbol logra dar sombra a los peatones que deambulan somnolientos.
Un ángel desastrado, otea con ojos lacrimosos, posado en su nube de hollín. Dragones descalzos calientan el aire al rojo vivo en cada cruce. Malabaristas de la pobreza, ataviados con caretas de jolgorio insisten en que se practique la caridad.
En mi desvarío onírico, el gentío no sabe a donde va, aún teniendo referencias exactas: entran y se pierden, salen confundidos, sube sin ganas, bajan ansiosos, corren sin meta fija, chocan unos con otros, retornan al mismo lugar, compran sin necesidad, venden , tranza, bebe, fuma, insulta y su humanidad se pierde cada vez más.
Al despertar, inicia la innegable pesadilla.
lunes, 1 de febrero de 2010
Dios, inspiración, musas. ¿Quién, siembra mi mente con pensamientos súpitos, en instantes súbitos? ¿Si niego a alguno de ellos excluyo a los otros dos?
Las musas son un invento, representadas con alta gracia, por cierto; se presume poseen la facultad de excitar una específica habilidad.
Inspiración, indefinible como todo lo inmaterial; se le atribuyen magníficas creaciones, preceptos dictados por impalpables visiones. En ninguno se muestra la genialidad como una prenda ordinaria, sin embargo está, pura e intacta, aún al ser desaprovechada. Es un don acrecentable, si bien nada obliga a cultivarle.
El diamante lo es aunque se halle enterrado, aún sin pulimento; luce después del trabajo de manos diestras.
¿Entonces, Dios dónde tiene cabida?
Para mí, la inspiración y Él son lo mismo en un momento dado, exclamo fascinado tomando dictado, cuando con esa dadiva soy agraciado. Sin embargo me he convencido que el esfuerzo es gran parte del resultado.
Esto no es un tratado acerca de lo sabido, lo declarado o lo confirmado; mucho menos de lo oculto. Ni un ejercicio de convencimiento.
Necio es negar lo que afirmamos nulo.
Hago constar mi creencia y también el escepticismo que me genera desconsuelo.
¿De cuál fuente provienen los recursos, la facultad de evolucionar? Considerando la evolución como un proceso de constante mejora para la esencia del ser.
¿Una explosión improbable? ¿Un Dios sin virtudes ni potestad?
Imprecisas teorías, suma de equívocos consolidan verdades inciertas.
Y si la historia llega a un final, quizá todo sea mentira.
¡Dios mío, cuántas perennes dudas!
lunes, 25 de enero de 2010
Un ser tan sencillo como singular, se traslada en Taxi.
Portaba cara de mujer, sus manos colmadas de esmero, aplacando el cabello a un infante malhumorado; repasando apuntes con una adolescente en pose de femme fatale.
Ni el enojo o la indiferencia quebrantan su natural bondad, organizando los ínfimos detalles por otros omitidos, mientras se entera de infames sucesos acaecidos; pulcritud, mesura, calidez en su voz y sus maneras, dando a las palabras fuerza y ternura; atenta abarcando todo su entorno.
Este espacio ambulante quedó saturado con artificiosos aromas, encomendados a ensalzar su peculiar encanto; embelesado por su longanimidad flotamos encima del transito de la ciudad.
Su risa sencilla suaviza la tensa prisa.
Su mirada colmaba el retrovisor, distinguí sólida determinación; con afable deferencia tuvimos breve, amena e inocua charla.
Vestida como para conquistar al día; su mejor accesorio: el control de ella misma.
Mujer trabajadora, como tantas, una ovación a todas.
-Aquí bajo, gracias,
-a bregar en su vida, pensé yo.
Miro a mí alrededor, la urbe en marcha luego de días de ocio.
Prodigios rutinarios realizados por comunes ciudadanos.
Curiosamente es un recuerdo persistente.
viernes, 22 de enero de 2010
Me dormí llorando.
Amanecí maldiciendo despertar; aborreciendo este nublado amanecer, con el ánimo pisoteado desde temprano, la cara sucia, ropa arrugada, humor a tristeza añeja; el café frío y a las carreras, rostros fastidiados de verme siempre igual.
Callo; las palabras se vuelven tristes en mis labios. Nada bueno que decir. Cada jornada es una mala representación de actos absurdos.
Iniciar en la mañana con la facultad de dar un paso, seguido de otro, es una gran hazaña; a continuación acelerar, avanzar en línea recta, a toda velocidad, directo hacia un hoyo negro, para no regresar.
El abismo queda tan cercano, no me doy cuenta y lo traspaso con mis puños crispados, destrozados de tanto golpear el aire; ira irracional engendra acciones execrables. Vivo a mi límite, no quiero dar más. Tomo el riesgo de volver cada vez al mismo mundo.
No envidio a los pájaros. También puedo volar por encima de todo esto sin sentirme mal.
Mediocre.
No dirijo ni acato; me rio sardónicamente de los extremos; entre tantos ejemplos ninguno es atractivo, para mi.
Observo sin posar la vista; escucho sin prestar atención; contesto con indiferencia incólume al desinterés de los otros; el juego se llama: aparentar. Me soslayan solapadamente.
En ocasiones deseo vestirme de uniforme, formarme, detenerme, saludar, esperar la luz verde para avanzar, sacar ficha, levantar la mano, volver a formarme.
A veces quisiera tener un revólver y demostrarles lo elocuente que puede ser vomitándose en sus frentes. Sólo a veces.
Busco la hora de salida, con el ansia de un suicida; las seis, el mundo invade la avenida. Exhalo el humo del cigarro lentamente, quisiera dispersarme junto con la voluta de cada bocanada. Caminando por esta calle oscura parezco una luciérnaga borracha.
Me quemo la lengua con la colilla del cigarro, después todo tendrá un solo gusto.
Llego a casa; la encuentro vacía de almas fraternas, ausentes las risas, luces apagadas, habitaciones gélidas, deshabitadas. Detrás del muro gritos y algarabía; de este lado silencio y yo, soledad y yo, tristeza y yo. La alegría en esta morada es anacrónica. Hace más frío adentro.
martes, 19 de enero de 2010
Vi a un hombre desesperado tomar una pistola, poner el cañón dentro de su boca, - a dar el beso fatal se disponía-, convulso, llorando inconsolable, gritar implorando perdón al cielo, jalar el gatillo y no murió; la bala rechazó llevarse esa vida, únicamente produjo agudo dolor.
-Es asombroso, ni una gota de sangre derramó,
declaró desconcertado el doctor.
Un cirujano, el orificio de salida en su nuca le suturó.
Ese hombre, el habla perdió, sin embargo sus errores sin violencia enmienda.
Vi a una mujer, sin el peso de la vida sobre sus hombros, ni esperanzas, saltar de una ventana, alejada años luz de la ruda realidad. Al verse próxima al suelo, con el gesto desencajado, algo en ella despertó, movió brazos y piernas, igual que una ave maltrecha, como si la desesperación pudiera evitar el impacto; cerró los ojos arrepentida de aquel arrebato. A punto de estrellarse, las suaves e invisibles manos de una potente ráfaga de aire, hicieron que oscilara parsimoniosamente, como hoja seca, hasta posarla delicadamente en el piso, en medio de los atentos mirones.
La mujer ahora evita las alturas.
Desde ese día camina tranquila hasta un parque, se sienta en la misma banca cada tarde y alimenta a las palomas.
Una persona pasa inadvertida, deslizándose, como ánima en pena, entre la muchedumbre, hacia la orilla del andén subterráneo; se coloca detrás de mi, no le doy importancia a su presencia. Los dos hoyos negros de su rostro observan la oscura garganta por donde aparecerá el convoy. Cuando arriba a la estación, él se deja caer lentamente a los rieles, en busca de la redención de los infieles; intento evitar la inaplazable cita, su mano rechaza la mía; el conductor no tiene tiempo para frenar. Vi la cara resignada de ese desdichado antes de que toneladas de metal pasaran sobre su cuerpo. Cuando el tren retrocede lo vemos levantarse indemne, cayó en un hueco entre los durmientes; se irguió y comenzó a vivir.
Esa persona ahora gusta de relacionarse afablemente, presta su ayuda sin reparo y estrecha solícito la mano que se le tiende.
Considerando todas estas cosas, arrastrándome escaleras abajo hasta mi guarida, ascendiendo en la espiral de mis miedos y mientras bebo otra botella de licor barato, pienso que quizá yo también encuentre el hilo negro de mi existencia; no pido mucho: una última oportunidad.
domingo, 17 de enero de 2010
III
Trazos firmes de una mano infantil pintan mi mundo.
Colorida y luminosa, colgando de un clavo, esta la muerte. Resulta simpática, mirándome impertérrita, pelando los dientes.
Pequeños recuerdos, de alegres días, tachonan la pared.
Lienzos blancos desgarrados, permiten paso a la luz, mas no al calor.
Camino en un infierno petrificado, repleto de huellas quebradas.
La anarquía de una orquesta ambienta el caos.
El viento se detiene en la puerta, toca tímidamente, pidiendo asilo.
La vida se arrastra por los cuatro rincones del cubo, en finas lianas se mecen diminutos depredadores de anatomías maravillosas.
Aquí los días transcurren lentamente, todo sucede sin prisa; en este sitio mi presencia es de ornato, hasta el momento en que sus manos, vuelven a colorear esta página gris de mi vida.
martes, 12 de enero de 2010
Eres mujer, en femenino, como la Tierra.
Dios te formó perfecta, del bien y del mal repleta, esto y aquello, todo en ti es don; el Diablo añadió la sensualidad.
Te abres, al recibir entregas; progenitora natural como la Tierra.
Albergas en tu ser, lo que da sentido a la existencia.
En tu interior se gestan hermosos pensamientos del creador; de tu vientre nacen milagros. Un misterio esta en proceso.
Te desarrollas asombrándonos los cambios; terrible y tierna Tierra, de sueños y promesas.
Del barro forjada, al fuego de los martirios acrisolada.
Fertilidad impredecible, tu cuerpo es un lugar donde morar, es un arma, es un manjar.
Tus palabras inmutables, animan, destruyen, matan.
Tu mirada es inhóspita si te enfadas, terreno yermo, al que destierras a los necios.
Tu sutil fortaleza me hará hombre, en tus brazos, tras de tus pasos, llevándome de niño a anciano; en el inicio y al final, se reconforta mi cuerpo en tu regazo.
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