lunes, 28 de abril de 2014

Ratero


Un continuo golpeteo interrumpe mi sueño, me va sacando poco a poco del sopor. Repentinamente un golpe más fuerte me hace ver todo como en cámara lenta, además las cosas parecen estar entre neblina. No percibo exactamente donde estoy ni mi condición, escucho un murmullo lejano y siento algo llevándome de un lado a otro, la reacción de mis sentidos está muy retardada. Mi más cercano recuerdo tiene que ver con el frio amanecer, muchas personas esperando la llegada de un autobús y yo drogándome, con el fin de darme el valor suficiente para abordarlo y llevar a cabo un asalto.
Pero mi intención se ha frustrado, la droga me sumió en un profundo y pesado letargo, me veo reducido a un alfeñique sin gobierno de su cuerpo; mi cabeza estuvo balanceándose sin control varios minutos, rebotando contra el cristal de la ventanilla y en una brusca frenada, impactó de lleno contra la nuca del pasajero que viajaba delante de mí, dejándolo muy adolorido y molesto en su asiento, además mi cuerpo desmadejado fue a dar sobre la mujer sentada al lado mío, causándole un gran susto, por lo que ha pedido la ayuda de los demás pasajeros, los cuales, solícitos acudieron a auxiliarla, a pesar de mi torvo aspecto, pero provechando el deplorable estado en  el que me encuentro.
De pronto vienen a mi mente los gritos de algunas anteriores víctimas de mis delitos:
-¡Algún día las vas a pagar todas juntas, hijo de perra!
Rápidamente siento algo subir desde mis pies, da vueltas en mi estómago, me atenaza del cuello y trata de despertar mis instintos. Algunos hombres mayores y jóvenes me tienen sujeto por los brazos, me sacuden con violencia, veo sus bocas moverse y gestos amenazadores en sus rostros, un par de mujeres me están golpeando, pero no logran dañarme. Dentro del alboroto, en medio de la turba enardecida, encuentran el arma que oculto en mi cintura; yo parezco ausente, empiezo a darme cuenta del peligro, pero la alta dosis ingerida me tiene prácticamente indefenso.
Al parecer esta será mi última osadía, me dejo caer de rodillas para que la gente por fin me domine, cuando alcanzo a escuchar una furiosa exclamación:
-¡Hay que matarlo, le haríamos mucho bien a la sociedad eliminando a esta lacra!
Por unos instantes, estos desconocidos discuten tomar la justicia en sus manos, no estoy en posición ni condiciones de solicitar su bondad; anticipándome a cualquiera que sea su decisión, hago acopio de fuerzas y comienzo a forcejear para librarme de los captores, sin embargo la lentitud y debilidad de mis movimientos únicamente los animan para empezar a agredirme, al principio casi no siento la fuerza de sus golpes, pero cada uno va despertandome, trato de ponerme en pie entre puñetazos y patadas, muchas lanzadas sin precisión, pero la cantidad y mi pobre estado, les hace fácil la labor. El chofer del autobús se acerca a mí, armado con un bate, eso sí es algo peligroso, pienso y al grito de:
-¡Chinguen a su puta madre!,
arremeto contra las personas que se encuentran ante la puerta de salida.
Mientras todo esto ocurría, alguien debió llamar a la policía, ya se escuchan las sirenas, me queda poco tiempo; agarro fuertemente a un muchacho y me proyecto junto con él contra la puerta, esta se vence bajo nuestro peso y yo me lanzo desesperadamente, en la tentativa de alcanzar la calle. Jirones de mi ropa se quedan en las manos de los coléricos pasajeros, sus ansias de venganza no quedarán satisfechas, no a costa de mi vida; pero todavía no estoy a salvo, el escándalo ha llamado la atención de otros transeúntes y se aprestan a detenerme, por si fuera poco, la policía ha llegado. Por primera vez en mi larga carrera delictiva, me veo acorralado.
Reconozco el sitio donde nos hemos detenido, es una terminal de autobuses de transporte público, el sol ya ha salido, deben ser alrededor de las siete treinta, la multitud puede jugar a favor o en contra de mi escape.
Simulo sacar algo de la parte trasera de mi pantalón y la gente retrocede, un policía me conmina a entregarme, pero eso es lo último que pasa por mi mente. Mido el terreno, conozco a la perfección cada tramo de este lugar, sus pasillos y cada una de las bardas, puedo atravesar el laberinto sin alas.
El primer obstáculo es una malla metálica, la escalo sin dificultad, los azorados policías y usuarios del transporte me ven iniciar la huida, en el momento justo la droga me da el efecto deseado: pura adrenalina; algunos peatones se animan a seguirme, gritan amenazas tratando de asustarme, pero nada me distrae de mi objetivo, nunca vuelvo la  vista atrás, esta vez no logré el botín, mas mi libertad es primero.
Los policías amenazan con disparar, pero no cometerían esa imprudencia en un lugar tan concurrido, no me detengo, el miedo sólo me impulsa hacia adelante, además ya me encuentro bastante lejos de ellos, internándome en una zona de la terminal donde la muchedumbre se apretuja y con suerte por acá, nadie se habrá percatado del incidente.
Sigo corriendo, ahora sí, de reojo volteo, mis perseguidores se rezagaron entre tanta gente, autobuses, camionetas y puestos de comida, pero no puedo darme el lujo de sentirme a salvo, mi apariencia denota que estuve en problemas, me doy cuenta de tener la cara muy golpeada y mi ropa está destrozada, las personas se alejan de mi, pero murmuran, cualquiera podría avisar a la vigilancia, estropeando el plan.
Tras correr varios en línea recta, saltando bardas y chocando con la gente, llego al otro extremo del paradero, casi lo he logrado; veo a un hombre y a una mujer abriendo su local de ropa, cuelgan las prendas en ganchos, yo necesito vestirme para pasar desapercibido, ellos comienzan confiadamente su jornada laboral, tienen lo que me hace falta: una playera y una gorra, eso es todo.
El Diablo vuelve a lanzar los dados, tuerce la suerte y yo paso sin llamar la atención de los vendedores, cojo las prendas, sigo caminando, rápidamente me escondo entre dos puestos cerrados, no lo pienso mucho, me pongo la prenda y me calo bien la gorra.
Ando de nuevo por el pasillo, un autobús está saliendo de la terminal, algunas personas corren para subirse, aminora su velocidad, lo abordan, un pensamiento me asalta, corro también y subo al camión en marcha, no puedo irme con las manos vacías.
Ya adentro, por pura inercia, inicio mi rutina:
-¡Esto es un atraco!


lunes, 21 de abril de 2014

Semillas

Somos semillas esparcidas en la tierra, arrojadas al azar.
Días como lluvia viéndonos crecer, nos abonan con paciencia,
delicados cuidados y necesarias experiencias.
Destino indefinido, florecer o malograrnos,
afianzar nuestras raíces, ver crecer a nuevos tallos,
reverdecer en temporada y a su tiempo marchitarnos.

Botellas vacías

Encalladas en un mar de polvo y días oscuros.
Enfermas de calma, bajo un alud de miserable tiempo, fueron perdiendo plenitud.
Estancadas, sólo su sombra camina, no se inmutan si llueve, nunca notan si es lunes o es viernes, ya no ríen o lloran, nada las conmueve.
Derramadas en ocasiones 
mezquinas, desilusionadas por esperanzas esquivas.
Totalmente huecas, autoexiliadas de las emociones, perdieron el sentido del movimiento, yacen rendidas en la inanición.
Tanta noche opacó sus cuerpos, el sol no se refleja en ellas.
Otrora bellas y lozanas, bailaban, reían, cantaban; hoy lloran al verse en si mismas, tan solas y vanas.
Poco a poco van cayendo rotas; si no se quiebran sus bocas, se quedan largo tiempo abiertas.
Trituradas por el molino de la vida, polvo cristalino, amalgamado con vulgar lodo, revolviéndose en el crisol eterno del universo.

Creadores


No tienen voz las palabras,
ni tiempo los pensamientos.
Mas desde el silencio,
cuando la idea se gesta,
encuentra sonido,
forma y material.
Se infiltra en algunos sueños,
usa un tono que escuchan los sordos,
hace cantar a la madera y al hierro,
es la perfecta armonía
del bien y el mal.
Se deja retratar
en un boceto ,
o se vierte en 
tremulas letras;
es un susurro divino
o un grito diabólico,
como sea, a quien lo escucha
le llaman loco.
Mentes inspiradas,
del asombro al delirio,
manos en movimiento,
atrapan fantasías,
juntan notas o 
engarzan verbos;
le dan cuerpo a la cantera,
en colores perpetúan visiones.
Instinto primitivo,
arcaicos ensueños,
perviven y nutren
atemporales momentos.

lunes, 14 de abril de 2014

El pensamiento

El pensamiento es alma de la palabra.
Voz del silencio infinito.
Sueños sin amo, polen del numen.
Una musa hablando a tu oreja,
cuando andas en el caos del ruido.
En calladas formas se expone,
cada idea te trae una sorpresa.
Singulares instantes,
atisbos de portentos,
mejor si te encuentran atento.
En el intento de unir los elementos,
tus defectos no afectan los efectos.

Insomnio



Mosquitos volando muy cerca de mis ojos.
Inquieto silencio fracasa al intentar dormir.
Campanas de costumbre, llaman a la fe matutina.
Gatos huérfanos, confiados, vagan azoteas.
Perros peleoneros defienden su esquina.
Luciérnagas de pólvora mueren en el piso.
Asustadizos grillos interrumpen su arrullo.
Se confunden los gritos de alegría y espanto.
Esas explosiones seguro fueron de balas.
Calles fiesta, casas velorio; nadie descansa.
Luna paseó en el cielo mientras yo la veía.
Tras larga cabalgata, baja cansada; aparca.
Pájaros despiertan puntuales y aún es noche.
Tumulto de autos, prisa, ira y reproches.
Tonta pendencia, sin consciencia, por inercia.
Rota la calma de la hermosa claridad.
Mala realidad de luz y ruido; triste despertar.

Un largo día

Sol del polo,
que brillas
en la fría
noche blanca.

Detenido,
sobre la cumbre
solitaria
del mundo.
Solsticio de verano.

Errante,
el viento
ulula
por mil rutas.

Hielo perenne
se extiende
hacia el centro,
en gélidas brisas.

Luces caprichosas,
almas de escarcha
danzan, se iluminan
con el viento solar.

Medio giro,
después de días
oscurece el cielo;
sin luz, la noche
parece eterna.
Solsticio de invierno.



lunes, 7 de abril de 2014

Mudos parlantes


Una obsesión y los objetos.
Alrededor del pensamiento.
En el vacío las formas,
los colores y la apreciación.
Me pregunto qué hay adentro,
cuando estoy afuera y siempre,
en el interior, el ansia me lleva
a buscar salida; dividido,
sin poder partirme, quiero tomar
lo mejor. Tras varios intentos,
quedo complacido, satisfecho no.
Ayer inmediato, aquí instantáneo,
compendio de momentos.
Gestos cautivos en ambigüedad,
gritos sin sonido, ímpetu contenido
en papel, pedazos de una vida.
El sentimiento interpreta la imagén
y la memoria entra en acción.
Dentro de un pequeño cuadro,
las palabras en silencio, quieren ser.
Alma de alquimia en pequeño taller,
 mano a mano pasa el pasado.
Un segundo es absoluto, tan fugaz
y diminuto, en su condición infinita,
revela su sobrevivencia,
desde el silencio llano.
 Tiempo sin límites,
contiene algo que es parte
de un breve siempre;
ejercicio de la luz, 
sútil látido se imprime y
suma al índice otro recuerdo.

lunes, 31 de marzo de 2014

Niño perdido

-Quiero ser poeta,
le dije a mi abuela y me enseño a rezar.
-Tú no sirves para nada,
me dijo el profesor
y me dejó toda una mañana
viendo de frente al pizarrón.
-Me gustaría aprender a tocar el violín,
le contesté a mi padre,
cuando preguntó qué iba a ser de mi vida;
lo ignoró, quiso enseñarme su oficio,
pero yo atendí el llamado de la calle y
salí con mis amigos a jugar fútbol.
-¡Estoy aburrido!
reclamé a mi madre al verla lavar ropa,
preparando la comida,
acomodar las macetas en la sombra,
dándome una rebanada de sandía y
hacer otras cosas que yo no apreciaba;
y ella se tomó un momento para decirme:
-Lee todos los libros que están en mi cuarto
y después hablamos.
No volvimos a tocar ese tema,
ni leí todas esas obras,
pero yo crecí creyendo
que podría emular a Rubén Darío,
que vería mi nombre en lomos negros
a un lado de Mark Twain o -ya un poco mayor-
regodearme en la eternidad junto a James Joyce.
Un día entregué mi tarea, era una composición,
debía alabar el patriótico sacrificio de
“los héroes que lograron nuestra libertad”,
pero yo pensé en lucir mi don de escritor,
haciendo una apología del pueblo liberado
mas no para el libertador.
-Usted va a terminar muy mal,
me dijo otro profesor y pase seis horas más
llorando una rabia incierta, con la frente
sucia de gis por contarle mi tristeza
al mismo pizarrón.
Tantas palabras han muerto en mis manos,
algunas ahogadas en noches
que presumían ser interminables
y al final, se vaciaron en un instante
de vasos quebrados.
-Voy a escribir un libro,
(no cualquier libro, será un gran libro)
le comenté a compañeros de trabajo,
un viernes por la tarde, en el bar;
me miraron con apatía y me recordaron
que era mi turno de pagar otras bebidas.
Y ahora sólo poseo la certeza
de que de todas las cosas escritas
ninguna me pertenece; nada más
sé que alguna de estas noches,

una de esas muertes va a llevar mi nombre.

lunes, 24 de marzo de 2014

Es tu pureza tan seductora,
aviva la simiente de mi fantasía;
esparciré dentro de tus bordes,
intentos de simbolizar imágenes.
Un dardo indeciso pretende mancharte,
marcar en tu espacio al deslizarse,
con fervor siembra en tu mesura,
señas indelebles de mi terquedad.
Líneas rectas y curvas,
arman tramas inicuas,
paciente las aceptas,
aunque distingues su ansiedad.
Estrujo tu fino cuerpo con avidez,
evidenciando torpeza y arrogancia,
volcados a colmarte los sentidos,
errando en caminos ahogados.
El silencio es confusa respuesta,
a pesar de contar con tu atención,
se desvanecen abatidos los intentos.
Reincido en el propósito de colmarte,
rebosando idilio con tu fina blancura.
Insignificante es lo que te brindo,
anhelo verterme en ti, pero decaigo;
tú en mis manos, mas te pertenezco.
Pesco en remolinos,
cazo esqueletos en desiertos,
tiro lágrimas sobre parajes pétreos,
para cosechar lozanos abrojos,
persigo evanescentes sombras,
restauro escombros del futuro,
engendro improbables esencias,
donde el pasado señorea.
Desguazado por un huracán sin curso,
regreso sobre las trazas de mis huellas,
avivando los rescoldos del vigor,
con el último soplo moribundo,
en un comienzo interminable.
Habitando el paraíso de los soles,
reposo al cobijo de mil lunas,
conociendo portentos de otras eras,
una mano asida a los errores,
la otra no ceja en férrea pugna,
ambas construyendo la quimera.
Sostengo hasta el atardecer mis torres,
oteando complacido al horizonte,
los sentidos gustosos de memorias,
al revelarse perentoria la partida,
común sino se asume sin lamentos,
calma la entraña, paz en el ceño.
Antes de apagar la luz y poner candado,
porfiados seres incorpóreos me despiden,
aguardando verme de rodillas,
hasta que en lo oscuro mi alma more,
apreciado botín de mis despojos,
al paso de la edad se rinde.

lunes, 10 de marzo de 2014

El Incredulo




Algunos camioneros refieren que, de madrugada, por las carreteras del país aparecen a la orilla del camino, algunas personas pidiendo aventón; se distinguen fácilmente, pues siempre visten de blanco y con el reflejo de las luces de los automotores, parecen iluminarse; si el conductor se detiene para brindarle la cortesía, esta se aproxima despacio por el lado del acompañante y solicita educadamente el favor, dirigiéndose al chófer, por su nombre. Aunque, a decir verdad, muchos no creen estas anécdotas, pues nada más les suceden a los conductores cuando viajan sin compañía o justo cuando el ayudante se encuentra dormido.
Genaro viajó muchas veces como copiloto, siempre atento cuando comenzaban los primeros minutos de un nuevo día, para no perderse el avistamiento de alguna de esas personas, errando a altas horas de la noche, arriesgándose a ser revolcados por las corrientes de aire, generadas por la velocidad y volumen del transporte de carga. Según su propia experiencia, lo que los demás contaban era pura invención, pues él jamás vio un caminante nocturno en sus muchos viajes; por el contrario, corroboraba la versión de varios trabajadores de apoyo, acerca de que los supuestos errantes trasnochadores, eran producto del cansancio y la imaginación del conductor, después de continuas jornadas al frente del volante; Genaro conocía a todos los que afirmaban estas historias, incluso tomaban esos hechos como una ayuda divina, pues cuando más fatigados se sentían y la vista se empezaba a nublar, divisaban al lado del camino a una persona, que caminando, pedía aventón. A pesar de hacer esfuerzos por permanecer despierto, a Genaro nunca le tocó vivir esta circunstancia, invariablemente se quedaba dormido y cuando despertaba, el conductor en turno le decía que la persona ya se había apeado del vehículo, reforzando su versión de que esas pláticas eran puro cuento; él se complacía en argumentar que esos andantes, de los cuales muchos compañeros suyos hacían mención, eran los remolinos formados por el veloz giro de los neumáticos al levantar la tierra de los costados de la carretera y al ser iluminados por los faros del camión.
Ante esa sesuda respuesta, los choferes reían y le decían que ya le llegaría su oportunidad de empezar a viajar solo, entonces sí, podría comprobar por cuenta propia la singular situación.
Cuando alcanzó la mayoría de edad, Genaro tuvo la suficiente experiencia para emplearse como conductor, conocía cada ruta cubierta por la empresa para la que laboraba y contaba con la confianza suficiente para tomar la responsabilidad de conducir largas horas, por las caminos asfaltados de su tierra natal y por qué no, de los países vecinos también.
Cabe decir que a pesar de prácticamente haber nacido en la carretera, pues poco faltó para que fuera arrojado al mundo en la cabina del camión de su padre, Genaro era un incrédulo, pero no ponía en duda nada acerca de todas las demás historias referidas por los camioneros; seguía varios ritos, sólo por costumbre, simplemente no cuestionaba, prefería dedicarse sin distracciones a su trabajo, primero, durante su infancia y adolescencia, como un ayudante solícito y eficiente.

Los primeros viajes, ya de operador, los hizo en compañía de algún ayudante; con el ánimo de las etapas que se inician, Genaro era un conversador interesante, tenía en su haber narraciones fantásticas sobre los lugares a los que había viajado durante toda su vida, sobre todo ponía énfasis en los paisajes, atardeceres y amaneceres que había tenido la dicha de contemplar; sus relatos rara vez incluían vivencias con gente, excepto si la charla derivaba hacia las repetidas ocasiones en las que se solazó en el placentero abandono, en brazos de una mujer.

Pero, como a todos, le tocó empezar a viajar en solitario, por supuesto no es lo mismo, entonces se distraía escuchando los reportes de sus compañeros a la central u oyendo por largas horas el radio, aunque en realidad no se sentía incomodo, pues prefería la soledad. Al no tener nadie esperando su regreso, se concentraba al cien por ciento en su trabajo, procurando cumplir puntualmente las salidas y llegadas, era un hombre disciplinado que no se permitía ningún exceso capaz de entorpecer su desempeño.
Una noche que circulaba por el libramiento de la México-Tuxpam, a la altura de Huajomulco, poblado de Tulancingo, acusando los estragos de otra pesada jornada, casi sin sentirlo comenzó a perder el dominio de su cuerpo, parpadeaba con insistencia, tratando de contrarrestar los efectos de la fatiga, sin embargo el cansancio empezó a jugarle la broma de hacerle creer que las señalizaciones eran personas caminando sin preocupación a la vera del camino; apretaba con fuerza los ojos y movía la cabeza enérgicamente, tratando de sacudirse la modorra, pero el ronronear del motor le proporcionaba un plácido arrullo, sumiéndolo despacio en ingobernable semiinconsciencia. Como previsión, llevaba siempre a la mano un chile habanero, para darle una buena mordida y sin miramientos sufrir los infernales efectos del potente picante, lo cual mitigaba rotundamente las ganas de dormir, pero el sueño le ganaba terreno esta vez y no atino a recordar el eficaz remedio.
De pronto algo despertó su instinto, con rapidez giro la manija para bajar la ventanilla de su puerta lateral, la bofetada de aire gélido lo despertó casi de inmediato, justo a tiempo para retomar el control del volante y evitar la invasión del carril contrario, a muy poco de impactar de frente contra otro carguero que ya venía hacia él, haciendo el cambio de luces. Al pasar cerca uno de otro, nada más hicieron sonar las cornetas de sus tractocamiones.
Ya recuperado del sobresalto y decidido a soportar el intenso frío, bien sentado e irguiendo su columna vertebral, bien atento al camino, Genaro descartó que aquella figura blanca, a la cual se acercaba, fuese una persona andando sin precaución muy cerca de la línea del carril. Siempre recordaba esa historia respecto a los caminantes nocturnos, pero no disminuyó la velocidad, al pasar cerca de ella, no intento corroborar lo que por muchos años había argumentado acerca del asunto, pero el bulto le pareció más el cuerpo de una persona en movimiento que un remolino formado por las llantas del camión. Sin embargo no se detuvo hasta llegar a las bodegas de la central de abastos de Papantla.

El viejo Atenógenes, quien estaba a pocas semanas de su jubilación, fue el primero en toparse con Genaro en los patios de carga de la central; descifró de inmediato la causa de su ansiedad, pues fue él mismo quien lo tomó bajó su tutela, cuando los padres de Genaro, siendo todavía un niño, lo abandonaron en ese mismo lugar, para salir a buscar su suerte por caminos separados; sin reparo alguno le soltó la pregunta:
-¿Por fin lo viste, Genaro?
Fingiendo estar distraído, pero sin lograr aparentar desconcierto por la interrogación, Genaro le respondió:
-¿Ver qué, Oge?
-No te hagas pendejo conmigo, muchacho. Tu cara me dice todo y me corto un huevo y la mitad del otro, si fuiste capaz de detenerte para brindarle la ayuda a esa persona; no te hubiera pasado nada, esos que andan errando por las carreteras, sólo buscan unos momentos de tranquilidad. Entiendo que no quisieras hablar de este asunto, pero sabes que tienes la obligación de auxiliar a quien te lo solicite en el camino, a menos que estés seguro de haber pasado junto a un remolino.
Le dijo Don Oge, con notable sorna.
Genaro nada respondió.
-¡Ah, pinche muchacho descreído! No vuelvas a dejar a una persona desamparada en la carretera y menos de noche, eso no está bien, lo sabes.

Por primera vez, en toda su vida, Genaro le dio la espalda al viejo Atenógenes y se alejó de él, no por faltarle al respeto, si no porque la inquietud experimentada esa madrugada, lo empezó a acosar, un remordimiento que lo haría cambiar su manera de proceder en lo venidero, pues se sentía de alguna manera incompleto, al haber incumplido con una de las tradiciones de todo buen camionero, pues aunque él conservara sus dudas, así son las costumbres.

Aunque algunos dicen que las oportunidades no se presentan dos veces y menos en el mismo lugar, Genaro tuvo la ocasión, meses después, de volver a transitar por el libramiento de la México-Tuxpam, también de madrugada, no obstante ningún recuerdo de esa situación se colaba en su mente, sólo la firme intención, como siempre,  de no quedarse dormido, tomando como buena opción el recurso del chile habanero.
Con los ojos bien abiertos y alerta los sentidos, observaba la prolongada recta que lo antecedía, el reflejo de las luces sobre las señales, formaban las confusas imágenes de formas humanas desplazándose a lo largo de las orillas del camino, pero de pronto, entre estas, Genaro distinguió la figura blanca; quitó el pie del acelerador, nada más, sin pisar el pedal del freno; el muchacho era terco y defendía sus ideas, no guardaba en sí ninguna intención de ceder a las presiones de sus veteranos compañeros, insistía con los novatos en que esa historia de los caminantes nocturnos era pura farsa. Ya cerca de la figura, quiso cerciorarse que se trataba de la tierra arremolinándose al paso de su camión, sin embargo pudo ver con claridad a una persona haciendo la seña para pedir aventón; vestida con una prenda blanca parecida a un gabán, extendiendo la mano, viendo en dirección a él, una expresión de indiferencia en el rostro, pero con una mirada penetrante. A pesar de disminuir la velocidad, no consideró detenerse, de todos modos el instante se había ido.
Bastante asustado, Genaro se acomodó bien en su asiento, a tiempo para darse cuenta de que iba, sin remedio, a estrellarse contra una gigantesca grúa, aparcada en el acotamiento, debido a los trabajos de la ampliación para la carretera México-Túxpam. Esa distracción le costó caro, a sus 24 años, por fin comprendió; sin aspavientos, se aferró al volante, viró rápidamente para evitar el impacto frontal, pero sin poder librarse de su fatal epílogo.

Atenógenes hacía su último viaje como conductor, lo acompañaba un nuevo ayudante.
-Esa es la historia de mi querido Genaro. Así que, chamaco, no desdeñes las charlas de los viejos, en este trabajo te serán de mucha utilidad; además de tus ojos, procura tener la mente bien despierta.
La madrugada les da alcance en el tramo del libramiento de la México-Tuxpam, a la altura de Huajomulco, poblado de Tulancingo; los ojos de Don Oge se nublan de nostalgia, el ayudante cabecea, pero algo le hace reaccionar y fija su vista en la orilla del camino.
-¡Mire Don Atenógenes, parece que alguien va caminando a un lado de la carretera! No estoy seguro, pero creo que nos está pidiendo aventón.
-Así es, muchacho.

Pocos metros delante de la blanca figura, el experimentado conductor hace alto total, esta se acerca a la puerta del copiloto caminando sin prisa, el ayudante abre y de un rostro con expresión indiferente, pero de profunda mirada, se escucha decir:
-¿Me hace el favor de llevarme, Don Atenógenes?

-¡Claro que sí Genaro, vámonos!

viernes, 7 de marzo de 2014

El Animal Indefenso


I
La batalla es constante, con algunas pausas forzadas por las mismas costumbres y el cambio de elementos para continuarla.

Por un lado, el que ha sido elegido como blanco de los sostenidos embates, un ente imperfecto, limitado; fuertes razones le obligan a permanecer en el campo de batalla y su presencia es el motivo por el cual los depredadores no cesan las incursiones.

La parte ofensiva tiene muy arraigada en su naturaleza el ser agresor, es la supervivencia de la especie, están diseñados para irrumpir en cualquier lugar y conseguir su objetivo a pesar de tener minúsculo tamaño; no importa si es a plena luz del día o en completa oscuridad, distinguen fácilmente cualquier distracción del blanco, su única desventaja es no poder ejecutar en silencio, mas compensan éste defecto con una asombrosa rapidez, a veces indetectable para los radares de la víctima, pues por momentos parece que se vuelven invisibles, aprovechando para realizar exactas evoluciones de reconocimiento y asalto, -además, el vibrante aleteo confunde al benévolo- se esconden, vuelan bajo, coordinados magníficamente logran confundir a su presa.

II


Lo dicho, el Animal se encuentra en el campo de batalla, concentrado en alguna labor, prácticamente inmóvil bajo la luz eléctrica, solamente sus dedos se mueven con premura, hasta ahora resiste con paciencia las punzantes agresiones de las F. F. A. A., las cuales arremeten sobre toda superficie descubierta, firmes sacudidas del objetivo les obligan a retirarse a ratos, alzan el vuelo esquivando algunos intentos de ser eliminadas. 

El organismo ha sido dañado en varias zonas, hace un rápido inventario de las secuelas y se dispone a tomar desquite, provisto exclusivamente de su ira y una pesada arma larga, ataque defensivo es su estrategia, pero priva el desorden en su intento. Ha caído la noche y debe procurar descansar, sus sentidos se comienzan a entorpecer, facilitando la labor de los acosadores.

Dispuesto a recogerse, cubre todo su territorio con una gruesa capa que lo protege del frío y de las acometidas de los pequeños kamikazes; está consciente de que en cuanto quede a oscuras, su cabeza será blanco fácil para los sedientos suicidas. Se concentra en conciliar el sueño, sin embargo vuelven a la carga, en libertad, aliados a la ausencia de luz, planean zumbando temerariamente a ras de piel. 

III

Imposible resistir el asedio sin perder la paciencia. El Animal descubre con suma molestia que los aguijones de sus enemigos traspasan su cálido escudo; se levanta de súbito, blandiendo ridícula saeta, los ubica por su insoportable sonido, aporrea el aire, chusco e iracundo esgrimista sin tino. Las F. F. A. A. se dividen, unos replegándose mientras otros audaces continúan las embestidas. Poco a poco el Animal se despabila, sus ojos bien abiertos, animado por la desesperación logra dar caza a uno de los raudos elementos, aún en penumbras, recorre con agilidad su recámara, pero sabe que auspiciado por la luz tendrá éxito total el contraataque; al verlo en acción el hostil escuadrón retrocede buscando escondites para resistir la réplica, sin embargo los dípteros no sospechan que éste ha sido su último avance. El Animal logra asestar certeros golpes, la sangre queda untada en techo y paredes, ve caer lentamente los cadáveres que cazó al vuelo, diminutas y prodigiosas anatomías, pero en exceso fustigantes; diezmadas por la violencia del primitivo cazador que vive en el Animal, ponen en práctica sus maniobras evasivas; sin embargo, puerta y ventanas se hallan ahora bien cerradas.
Cerca de terminar con sus enemigos, redoblando saña y precisión, sin tomar respiro, decidido a terminar su dantesca obra, frenético busca en todos los rincones, emboscando implacable a los supervivientes.
IV

Después de la fragorosa reyerta, nuevamente a oscuras, completamente en silencio, ya restablecida su respiración, se toma unos momentos para cerciorarse de que los ha exterminado y satisfecho se dispone a dormir.

En la antesala del sueño, el Animal confunde el paso de nuevos y atrevidos enemigos, con el de unos labios acariciantes, se siente impulsado a buscar ese beso que pasea por su rostro, entreabre la boca para recibirlo; pero reacciona sorprendido, a penas para evitar tragarse a un osado mosquito.

lunes, 3 de marzo de 2014

Sueño Caliente


En algún punto del último recorrido nocturno, de mi jornada de Taxista, una figura, que se escondía entre los árboles de la banqueta, me solicita servicio y sube a mi auto, se agazapa en el asiento trasero, con voz pausada y apenas audible, me indica el camino por el que vamos a andar. La noche se convierte en asfalto, guiados por la intermitente línea blanca, tomamos un camino que nos aleja de la Ciudad, una ruta incierta y sinuosa; gigantes verdes se bañan con fino rocío, el viento silba una balada misteriosa, millones de luceros lejanos adornan el suspenso de la oscuridad. Con los cristales bien cerrados, escucho el tenue rumor de la máquina y el acelerado ritmo del corazón de mi pasajero, juntos son una cadencia que empieza a hipnotizarme; bajo la ventanilla para permitir al aire frío abofetear mi modorra, avanzamos por una larga zona de cerradas curvas; la radio no capta ninguna señal, el pasajero musita palabras inintelegibles, a la orilla de la carretera unos perros ladran como si estuvieran poseídos, en un aislado caserío se escucha el canto de los gallos. Al salir a una larga recta, por momentos parecia que nos estancabamos en la gélida monotonía de la noche; después de un alargado instante, por fin veo venir de frente las luces de un camión de carga, me siento aliviado al darme cuenta de que no andamos solos en la noche. El motor se forza un poco pues inicia el ascenso que bordea los cerros, nos adentramos en un banco de niebla, la luz de los faros da vida a amorfas aves que mueren al chocar contra el auto; el pasajero suelta una risa nerviosa, respira agitadamente, me pide que suba el cristal pero lo ignoro, salimos de la niebla en el punto donde comienza la pendiente y otra serie de curvas muy cerradas, por lo mismo peligrosas, necesito mis ojos abiertos y mi cerebro bien atento; alcanzamos a varios cargueros que surcan las eses con precaución, amablemente nos van cediendo el paso, el rocío se ha convertido en llovizna, el asfalto brilla bajo las potentes luces, el ruido de motores desacelerando domina ese tramo de noche pavimentada. Un fulgor crepitante en lontananza, crece en medio de la oscuridad, el pasajero lo distingue y se torna ansioso.
-Hacía allá nos dirigimos,
dice con voz profunda.
No me había dado cuenta de que dejé la radio encendida, la antena capta al vuelo una señal que viajaba callada en el pesado silencio nocturno, un riff desenfrenado de guitarra me toma desprevenido, el pasajero se carcajea ante mi sorpresa, me ordena subir todo el volumen del stereo, esta vez acato su petición. Canta a voz en cuello una canción que yo desconocía:

Manejé toda la noche, 
para verte
estrella de la carretera,
gasté mis ilusiones
siguiendo tu luz;

en pos del fuego
de tus promesas,
se lanzaron
almas rebeldes,
brillas en sus
esperanzas caducas,
estrella de la carretera;

Carreteras nebulosas
caminos en la obscuridad
carreteras peligrosas
antesalas de la eternidad
tumbas a la vera de la ruta
errantes borrachos y putas,
murieron buscandote,
estrella de la carretera...

Me siento como un poseso, piso el acelerador hasta el fondo, el pasajero sigue cantando enardecido, nos aproximamos al fulgor que ahora domina el horizonte, la parte instrumental de la canción es una inyección de adrenalina, el paisaje toma un aspecto dantesco, seres resplandecientes bailan en la orilla del camino, mi acompañante saca medio cuerpo por la ventanilla trasera, grita desquiciado, maldiciones a la noche y alabanzas al fuego que ocupa ambos sentidos de la carretera, la lluvia se ha hecho intensa, pero no logra sofocarlo; muy cerca del nacimiento de las llamaradas, la imagen se vuelve nítida, carros destrozados obstruyen el paso, especialistas de protección civil indican una desviación, piden que reduzcamos la velocidad, pero con un grito bestial el pasajero me impulsa directo a las luengas flamas, ruge el motor, cuerpos y fierros arden sobre el asfalto.

-¡Atravesemos el infierno!

Despierto por el reflejo del dolor, a causa del café ardiente cayendo en mis piernas, me encuentro en el mismo sitio donde estaba cuando creí ver a una persona haciéndome la seña para detenerme, en una calle mal iluminada; la súbita reacción me deja ver que simplemente se trata de un raquítico arbolillo, cuyas flacas ramas son agitadas por el viento.




lunes, 3 de febrero de 2014

Dioses bastardos



No haré hombres con el barro,
tampoco lavaré mis manos.
No surcaré a pie ningún mar,
ni presumiré haber pisado otros planetas,
honestamente sé que tropiezo
intentando aprender a andar.
No cantaré ningún triunfo
hasta tener claro el final de mi historia.
No consentiré monstruos
a los que yo mismo les saque los ojos.
Cuando despose a una doncella,
no quedará sola con su sino,
ni diré que fue una santa
el día que me entere de su muerte.
Mis criaturas no tienen vida,
mi soplo no puede infundir alma,
mas mi imaginación es infinita.
Soy uno de esos dioses bastardos,
que hacen fila en el anonimato,
ambiguo luego del principio,
contradictorio y arrogante.
 Ignoro si me asemejo a un padre común,
veo a todos mis pares incompletos,
el amor, la libertad y la justicia
nos tienen en vilo y en tantos años 
nadie se ha adjudicado nuestra orfandad.
Espero ser eterno y estar consciente de ello
o por lo menos convertirme en algo
efímero pero frecuente, frágil y constante.
Quiero tener la risa del niño que nunca crece,
la fertilidad de la mujer que jamás se marchita,
la sabiduría del viejo que no teme a la muerte.
Cuando me sumerja en ese mar sin puntos cardinales,
en medio de todos los luceros,
que estarán esperando a ser encendidos,
oyendo todas las palabras que se dirán.
viendo al vacío preñado de milagros,

voy a pedir mi turno de ser el creador.

Los pensamientos


Todos bajaron al mismo tiempo,
buscando a alguien que no durmiera,
alguno atento al silencio,
con la vista perdida en el cielo,
las manos prestas a la acción.
Hallaron a un borracho
ahíto de insomnio,
que pedía con la boca seca
un poco de ingenio,
para ponerle nombre
a los fantasmas y sombras
que lo visitaban con frecuencia.
Todos lo miraban callados,
lloraba sin razón, reía de repente,
oraba con fervor urgiendo al cielo,
parecía morir sin fe.
Uno de ellos se adelantó,
quiso darle esperanza, nada más;
los otros lo amonestaron,
por si sola no serviría de nada,
debían darle dudas y
certezas, visiones y sentimientos;
ese hombre era un loco
al borde de la renuncia,
pero querían verlo
luchar un poco más.

Siguieron observando,
aquel desdichado se arrastró,
veía lo mismo en cualquier sitio,
la nada invadió su cabeza,
supo sin dudas que era amo de su paz.
Ahora todos ellos desearon poseerlo,
hacer que de sus manos cayeran palabras,
crear un mundo nuevo  en ese vacío,
ceñir toda la historia en unos pocos signos.
En la mente del hombre, los fantasmas
empezaron a murmurar, las sombras
se separaron unas de otras, cada una
con su propia vida, en forma de palabra.
Y todos esos pensamientos,
yacen en su blanca mortaja,
bien guardados, en un cajón.

lunes, 20 de enero de 2014

El Remedio



Un hombre de unos 50 años se dispone a entrar al consultorio de su médico particular; ha recorrido un pasillo que se le antoja muy sombrío, cuerpo y rostro acusan cansancio, los ojos entrecerrados hacen su andar vacilante; asiendo con desgano el picaporte, lanza un suspiro que parece una súplica y traspasa el umbral de la indecisión.

-Buenas tardes doctor Mata. -Dice con voz apenas audible el hombre, mientras se sienta -encorvado y viendo al piso- en una silla frente al escritorio del médico, sin que éste se lo indique.

-Buenas tardes señor Torcuato, pase… sí, ¿a qué se debe su visita?
-Sigo con las mismas molestias, que no me permiten llevar una vida normal. -Contesta el paciente, al tiempo que se golpea firmemente con los puños cerrados ambas piernas, varias veces.

El galeno se levanta de su asiento y camina hacia él, lo toma de los hombros para tranquilizarlo.
-No se haga daño, voy a revisarlo.
-Ojala esta vez sí lo pueda encontrar. -Le espeta el impaciente y presunto enfermo, con una mirada hosca pero indirecta.

-¿Encontrar qué?
-El dolor.
-¿Pues no ha identificado usted donde siente la molestia?
-Sucede que cambia de localización durante el día, y a veces se esconde, no cesa, pero se oculta, haciéndome creer que por fin desaparecerá. Ya se lo había mencionado antes. -El Sr. Torcuato comienza a sentirse irritado, lleva algunas noches sin poder dormir bien y en realidad no deseaba ver al doctor, mucho menos dar explicaciones que nadie cree.

 -Querrá decir que le duele en distintas partes de su cuerpo, durante el transcurso de las horas y por momentos aminora.
-No, el dolor va poco a poco trasladándose de una extremidad a otra; por ejemplo: al levantarme por la mañana, me duele la mano izquierda y cuando me preparo para salir al trabajo, el mismo dolor, no otro, lo siento en la rodilla derecha, está ahí, lastimándome con saña, aunque a ratos disminuye, permitiéndome concentrarme en mis ocupaciones, pero súbitamente reaparece en la espalda baja, como si me clavaran algo filoso, la terrible punzada me paraliza, me propina un enorme susto y además de la desagradable sorpresa, la extensa irradiación del aguijonazo; ese proceso se repite varias veces al día…

El médico ha vuelto a sentarse y simula que toma nota de lo referido por su paciente, sin embargo sólo revisa el historial, para constatar la repetición casi exacta de su discurso; desde hace dos semanas suspendió el tratamiento del señor Torcuato y ahora, al verlo presa de la ansiedad, considera aplicarlo de nuevo.
La voz del desesperado visitante sube de tono y saca al doctor Mata de sus cavilaciones.

…¡ha llegado a tomar el control de mi sistema nervioso central, causando estragos en mí!, ataca simultáneamente más de dos órganos, llevándome a creer que sufriré un colapso fatal.
-¿Así que su dolor no sólo es muscular, usted está seguro de que también se deja sentir en los órganos internos de su cuerpo?

El paciente no escucha al doctor y continúa de manera frenética con su perorata, pasando las manos por todo su cuerpo, hace muecas de intensa molestia para enfatizar sus palabras.

- Otras veces paraliza mis manos… se sitúa en alguno de mis oídos con un zumbido… incluso llega a cegar por completo uno de mis ojos… se expande en los pulmones causándome asfixia… se instala en mi corazón, jugando cruelmente a fingir conatos de infarto…

El doctor ha dejado de prestar atención a la detallada explicación del hombre; sin que él lo note, oprime un botón para indicar a la enfermera que proceda con los preparativos del tratamiento del señor Torcuato, como previamente habían acordado.

Médico y paciente prosiguen con la rutina de cada consulta.
-Muy bien, mi estimado señor, debo insistir en la explicación que le he dado anteriormente: el dolor es una reacción, provocada por algún estimulo o en ocasiones, una alerta ante el mal funcionamiento, sí, de alguno de sus órganos o la falta de cuidado en su salud o posiblemente sea provocado por el estrés…
-¡Sí, el estrés, está de moda! -dice con un dejo de sarcasmo y molestia-.
Pero no, de verdad, casi puedo verlo viajando debajo de mi piel…
-Muy bien, voy a recetarle…
-Los analgésicos no funcionarán, cuando empiezan a surtir efecto, el dolor ya cambio de sitio…
-Bueno, entonces serán de mayor utilidad una radiografía o una resonancia magnética…
-Será inútil, se lo he dicho antes, ¡es invisible! ¿cómo logrará verlo? Ni aun los más sofisticados aparatos podrían hallarlo. -Responde el señor Torcuato, mirando fijamente a los ojos al médico, pero esta vez sin enojo; lo mira condescendientemente.

-Muy bien ¿qué le parece si empleamos otro método, para intentar aislarlo y combatirlo de manera efectiva?
-¿Cuál sería el procedimiento?
-Deberá usted ingerir una gran cantidad de licor, lo que obviamente le provocará una tremenda borrachera, pondremos su cuerpo entero en un estado total de abatimiento, sedamos al dolor y de esa manera seguro podremos localizarlo y procederemos a erradicarlo. -El doctor Mata espera la respuesta de su paciente, siempre es la misma, pero lo más sorprendente es la actitud que adopta al contestar

-Como usted sabe, yo no bebo. -Y esas palabras parecen mágicas, el hombre que tiene frente a él se transforma, la angustia desaparece, el tono de la voz es firme pero no agresivo, su postura en la silla es la de un hombre seguro de si mismo, cruza una pierna, descansa las manos sobre la rodilla, su gesto es apacible.

El médico no titubea, aunque le cuesta entender cómo puede un hombre pasar tan rápido de un estado de agitación a la calma total, con tanta parsimonia.
-Lo sé, pero tome en cuenta que será con fines médicos, en todo momento cuidaremos de su salud. Después lo atenderemos cuando presente los efectos de la embriaguez y le administraremos medicamentos, en caso de ser necesario. Es importante que usted acepte y proceda con el tratamiento, lograremos localizar al dolor, erradicarlo y así quedará completamente sano, señor Torcuato.
-Bueno, si no hay otra opción, usted es el experto, doctor. -Le contesta, con respeto, pero también con un gesto triunfal.
-Entonces, pase usted a uno de los dormitorios, daré instrucciones a la enfermera para empezar de inmediato.

Torcuato Pérez se despide con un cortés apretón de manos, un hombre nuevo sale del consultorio, el sombrío pasillo ahora es tibio e iluminado. Una enfermera lo aguarda en una de las puertas que flanquean el corredor; Torcuato le sonríe con jovialidad y la saluda inclinando levemente la cabeza. Entran en un amplio y pulcro cuarto, sin ventanas, escasamente amueblado: nada más la cama y una pequeña mesa, en la cual están dispuestos un vaso y una licorera rebosante de brandy; lo esperan para comenzar el “tratamiento”. Él destapa el envase, lo acera a su nariz, aspira el aroma del líquido y hace un gesto de repugnancia -pues la enfermera aún se encuentra en el cuarto-. Se sirve medio vaso, entre tanto la enfermera lo observa, nota que las manos del paciente tiemblan, ella se despide, mas él ya no escucha; el primer sorbo basta para transformar el rictus de desagrado en uno de avidez insaciable.

La enfermera entra al consultorio del doctor Mata, para dar el reporte.

-Doctor, el señor Pérez se ya se instaló en la habitación y esta vez procedió de inmediato.
-Muy bien, ya sabe que debe ser constantemente observado. -Contesta el galeno sin levantar la vista, ya que revisa otros casos.
-¿En verdad no hay otra alternativa para tratar a ese hombre?
-Por desgracia no, su enfermedad sobrepaso el punto de no retorno, sólo nos queda mantenerlo sobrio el mayor tiempo que sea posible y racionarle la ingesta de licor, seguirle el juego en estas consultas simuladas, para evitar que pudiera infligir algún daño al personal o alguno de los otros pacientes, inclusive a él mismo. Recuerde: no perderlo de vista. -El médico deja por un momento lo que está haciendo, para ver a la enfermera y remarcar esa indicación.
Pues aunque es un alcohólico todavía pasivo, desconocemos el grado de su enfermedad a nivel mental, podría pasar a la violencia cualquier día de estos, por lo tanto tenga mucho cuidado y repórteme de inmediato el más pequeño cambio en su comportamiento.

-Así lo haré doctor. -Dice la enfermera al salir del consultorio.