lunes, 16 de junio de 2014

La Muerte y El Tiempo


Obedece esta vez, Eva
y serás eterna.
Te aseguro tu sobrevivencia
por interminables eras.
Te haré dueña del silencio,
sobre cualquier motivo,
no te ha de rendir ningún deseo.
Dominando por siempre
sin sufrir fatiga,
nada te va a perturbar,
Madre primigenia.
Desprecia tus vestidos,
toma éste velo de noche,
cierra los ojos, ignora los sonidos,
libera tus manos del esfuerzo,
aspira profundamente el olor
del barro al que retornas,
simple elemento
ni amable ni torvo.
Despojada de sentidos
no te conmoverán llantos o rezos,
imparcial ante la burla o
solemnes epítetos.
Señora de la obscuridad,
final de todas mis obras.
En un sueño de tierra irán a ti las almas.
Te llamarás, La Muerte ¿aceptas?

Escúchalo Mujer, es la última oferta
que te hace Él, Dueño de la Vida.
Al termino de nuestro andar,
sin pedirlo recibimos
la dádiva que creíamos perdida.
Yo, su siervo llamado ahora El Tiempo,
contento estoy de desposarme
definitivamente contigo
¿Acaso ya no me recuerdas?
Soy Adán, el que salió llorando
contigo del paraíso.
Asume sin temor éste nuevo
e interminable pacto.
No lo aquilates como premio,
tampoco lo consideres castigo;
es un designio incuestionable,
tú y yo, otra vez los elegidos.
Inmunes como al principio,
exentos de otro fallo.

Acepto.
Y soy la primera
en abandonar mi cuerpo,
bajo la piel del mundo.
Luego del destierro
y la vergüenza, sin temor
ahora ¡cuánta dicha me
trae tan grata sorpresa!
Me entrego al vacío,
ciega ante el bien o el mal,
justa para cada ser,
serena ante la dicha o
la tristeza.
Aunque la historia se haya torcido
y parezca yo sumisa al cobijo
de tu cuerpo, Adán,
desde el instante en que
nos fundemos con la nada, a la par,
recobraremos luego de la vida

a todos nuestros hijos.

lunes, 9 de junio de 2014

Sombra de arena





Fuiste la sombra más vivaz de esa noche. Bailando entre las luces, me acechabas presa astuta, engañando al improvisado cazador.
Mientras mordías mi anzuelo me clavabas un arpón, bella silueta con garras y sonrisa de niña.
Debajo del vestido negro tu piel lozana se sentía cautiva, aguardando unas manos libertinas, para volverse juntas fugitivas. Una señal de tus ojos y mi instinto por las calles te siguió.
Despertaba mi deseo el ritmo voluptuoso de tu andar, el vestido largo barriendo la arena, refugio de empedernidos noctámbulos; caminábamos apresuradamente pues hicimos un contrato de tiempo que nos empujaba a un sórdido lugar, donde las paredes hablaban y las sombras se fundían, haciendo transpirar al aire puro humo y licor; algunos rostros eran hoscos, otros insatisfechos, los más indiferentes parecían verdaderamente extraviados.
Bajo la luz mortecina la belleza se difuminó, el candor en tu rostro desapareció, tu vestido largo dejó su esplendor afuera del cuarto, pero al caer sin pudor de tu talle, pude ver tus firmes senos pequeños, tus largas piernas, que me animaban a dejarme caer en toda su plenitud, hasta derrotarme debajo de tus macizas caderas de mulata.
Tras la puerta sonaban sin fin música y carcajadas, adentro el tiempo tenía prisa; fingimos por unos minutos que compartíamos la soledad y el egoísmo, de un lado malsana curiosidad y por otra parte, quizás algo más que necesidad. Entre nosotros dos el silencio no quería decir nada, tus ojos cerrados tampoco hablaron y ya empezaba a verte como a un recuerdo.
En el acantilado de tus piernas arremetieron mis olas, mi espuma se regó en tu arena, cuando tus ojos por un momento se eclipsaron.
Pensaba si tu oficio te redimía y tal vez sólo era yo otro aprendiz de casanova en turno; entonces dejé de pensar y también de sentir, mientras escuchaba proveniente de afuera, el bullicio de las personas y la voz del mar. Apresuré las últimas caricias y un beso amargo, cuando puntual el tiempo golpeaba bruscamente a la puerta. Las complicidades pasajeras se terminan cuando cada quien toma su camino, en busca de la siguiente aventura o de una dosis de olvido. La noche siempre terciando en la repetición de la historia. Salimos del lugar, juntos tan distantes; hay momentos en que uno simplemente está, sin reflexiones caóticas, nada más continuar, volver los pasos sobre la arena, entre el océano y la gente. La noche esconde la belleza de la playa, como tu cuerpo bajo la tela deslucida.

Tenía papeles para comprar más tiempo, pero ya no guardaba curiosidad, me dejé llevar por la oleada de sombras, arrastrando mis pasos, sin remordimientos pero muy cansado, viendo como el sol coloreaba el horizonte, una madrugada de otoño, desde el puerto de algún lugar del mundo.

lunes, 26 de mayo de 2014

El Viejo Truco


Dos taxistas platican, recargados en uno de los autos, mientras comen sendas tortas, afuera de la estación del metro Cuitláhuac.

-Al tiro, mi “Tripa”, cuando andes rolando por Insurgentes, a la altura del Parque Hundido.
-¿Qué pedo ahí, pinche “Barbas”?
-Pos ahí la afana un ruco, disfrazado de payaso, pero más bien se la rifa de mago…
-¿Y eso que chingados?
-Aguanta… la jugada está así: se acerca a algún automovilista que se haya clavado mirándolo, le avienta un choro y sin que se dé cuenta el elegido, le tumba el reloj o algo que la persona traiga más a la mano. Tiene dedos de seda, como los carteristas de antaño; es fino y ni sientes cuando te da baje. Por lo regular, no´más se la aplica a hombres. A las mujeres les dice dos que tres piropos, se las da de muy romántico.
-El choro eres tú, mi Barbas, o ¿ya te llevó al baile?
-Nel Carnal, a mí me contaron y yo te lo paso al costo. Ahora que aprendiste ya sabes, si te duermes no vayas a andar chillando.
-Camarón mi Barbón, voy a andar a las vivas; pero ya, no te hagas, mucho rollo para marearme y que se me olvide que hoy a ti te toca disparar los chescos.
-Pos ya te tardaste, desde hace rato los hubieras bajado del refri.
-Te voy a bajar la comida, pero a patadas, pinche gandalla.
Así, entre albures y discusiones, para demostrar quién de los dos se la rifa más en la Ciudad, los amigos terminan su comida y regresan a “perrear” el pasaje.

Días después, el “Tripa” volvió a escuchar, de otros compañeros taxistas, las andanzas del finísimo personaje Don Mago, quien hace sus viejos trucos a cambio de unos varos y algo más. Por cierto el mote no es tal, tampoco se refiere a sus habilidades como ilusionista, tiene que ver con su nombre real, el cual no mencionaré aquí, pues al susodicho le molesta sobremanera que la gente se dirija a él con “esa palabra elegida por mis padres en la pila bautismal, para darme a conocer al mundo”, dicen que dice.
Precisamente, al buen “Tripa” le gusta trabajar por aquella zona del conocido Parque, así que no pasaron muchos días para tener la oportunidad de ver en acción al famoso Mago. Y según él, iba bien preparado para que no lo chamaquerá y devolverle el tiro por la culata.

Pues ahí estaba, su aspecto entero era una agresión visual: sombrero de copa, pero de peluche y un color fosforescente ya bastante apagado, saco y pantalón negros, con exceso de parches, quizás para hacerlo más vistoso, playera de la selección de fútbol de Croacia y para rematar, la corbata hecha de latas de refresco, de todos colores; sin duda muy original.Por supuesto, la indispensable pintura de payaso, que a pesar de dibujarle una enorme sonrisa, no logra disimular la malicia en su rostro.
Ahora les cuento el acto.
Aprovechando los escasos segundos del semáforo en rojo, saca una larga tira de mascadas por su boca, luego simula tragar una espada, rápidamente con unas pelotas hace malabares, por último se acuesta en una tabla de supuestos clavos; no se puede negar que le pone velocidad al asunto, nuestro Copperfield autóctono. Todo muy revuelto, pero ese es el chiste.
A propósito el “Tripa”lo observa, él se da cuenta y se acerca al profesional del volante.

-¡Quihubole Don Marg…!
-¿Qué paso mi chafirete ruletero? Vámonos respetando desde un principio.
-Perdón mi Mandrake de crucero, pero me han platicado tantas cosas de usted que sentí familiaridad.
-Familiaridad yo no tengo ni con mi familia, pero qué tranza, ¿le gustó el truco?
-Sí, muy colorido ¿pues que comió?
-Me alimento del aire, mi estimado, en el aire están los sueños, las posibilidades, la fantasía, las bellas ilusiones que son el sustento de todas las almas…
-Con razón está tan flaco.
-No me interrumpa, estaba tomando inspiración… ¿usted cree en la magia?
-Simón.
-Entonces ¿va a cooperar para la causa o nada más pasó a ver?
-Pues por ver no se paga ¿o sí? No se caliente, mejor sígame contando eso de los sueños y la fantasía.
-Si lo que quiere es una cátedra, le sale en otro precio.
-No, mejor otro día, ahorita ando corto de luz.
-Todos sus colegas dicen lo mismo, de seguro acaba de empezar a trabajar.
-¡Además de mago es adivino!
-Pa´que vea y eso no se paga con cinco varos.
-Bueno... ahí le va un diente, pa´que no se agüite.
-Ya vas, flaco, cualquier cacahuate, pa´l chango es bueno.

El “Tripa” se quiere pasar de lanza y le deja ver al viejo Mago un pequeño sobre, que lleva en la bolsa de la camisa, idéntico a los usados en algunas fábricas para pagarle a los trabajadores;  observa que al prestidigitador de barrio le brillan los ojos, pero al voltearse para agarrar unas monedas, se saca el sobre y lo guarda en la guantera. Mientras estira la mano derecha para darle la coperacha, él hábilmente lo toma de la zurda, que colgaba sobre la portezuela y le da un fuerte apretón.

-El ilustre y noble Baden Powell decía que los verdaderos amigos se saludan con la izquierda, porque es la mano más cercana al corazón.
-¡Ah, sí! Creo que ya había escuchado eso. Tenga Don Marg… ¡perdón¡
-¡Ya váyase!, el público está impaciente, le devuelvo su chueca, pa´que pueda manejar.
-¡Orale mi jefe, luego nos topamos!

Al grito de:
-¡Muévanse como anoche!
-¡Luego echan novio!
-¡Préstame tu calle, cabrón!
y un concierto de mentadas de madre a ritmo de claxonazos, los demás automovilistas reclamaban su derecho de tránsito.

El confiado “Tripa” se aleja de ahí pensando que le había dado una lección a Don Mago.
Calles adelante, una señora le hace la parada; en cuanto sube al Taxi, pregunta la hora.
-Son las…
¡Sorpresa! Desapareció el reloj.

-¡Carajo, de todos modos el Viejo me torció!


Ese es el truco.

lunes, 12 de mayo de 2014

Apareces desnuda, en el lado opuesto al de la salida del sol y mi mundo se confunde; los girasoles invierten su giro, inclinándose hacia dónde vienes.
Impetuoso viento frena al divisarte, te toma en sus manos suavemente; asociado a las aves, trae a ti los más bellos trinos, para velarte en la siesta.
La tormenta se avecina, gruesas gotas comienzan a caer violentas, pero al divisar tu hermosura reposada, se disipan nubes negras; la precipitación baja hacia ti con delicadeza.
Próvida resbala, lavando tu impoluta desnudez, el tenue aguacero se pega a tu piel; ávido de recorrerte, muere en ti evaporándose.
Un arcoíris de tulipanes crece hasta alcanzarte, ataviando tu sin par belleza.
El sol sabe que debe retirarse, pero retrasa su ocaso, cae con tristeza, sin dejar de contemplarte.
Recorre, con una mezcla de ansia y paciencia, el otoño de tus manos, el verano de tu rostro, la primavera de tu vientre y el invierno de tus pies.
Se va, con la sed en sus ojos, las manos hambrientas, a dormir su fatiga, a soñar su diaria esperanza.
Silencio de paz en torno a ti, te acompaña al despertar.
Haces caer la noche al soltar tu cabello y todo empieza a sosegarse.

Del cenit nocturno se adueña el cuarto creciente de tu sonrisa.

Hombre muerto caminando

Mis cosas mueren conmigo. 
Las palabras de los libros se callan, las pinturas se tornan en tristes ocres, la música se vuelve silencio, en el centro de la nada.
Esa guitarra que nunca toqué, estuvo muchos años colgada en un muro, la tarde de ayer se hizo toda polvo y una ráfaga de aire se la llevó; ha quedado indeleble su silueta, rodeada por la mugre del muro, lavé, pinté, no logré borrar su fantasma. 
En este confinamiento voluntario, escasos muebles conservo: silla, mesa y candelabro; un ropero destartalado, ahíto de recuerdos, que desde hace mucho tiempo mantengo cerrado, para evitar la nostalgia, resignado, tampoco el corazón lo abro. 
El viejo catre, ruidoso como mis huesos; encima la ajada cobija que algunas mañanas me asfixia, está preparada para servirme de mortaja. 
En un recoveco de la memoria, inermes y derrengados, los escombros de mis sueños. 
Las andrajosas prendas, amontonadas en un rincón, se aprestan para seguirme al último viaje, angustiadas se esconden del ropavejero; esos gastados zapatos andan solos por el cuarto, se niegan a ser regalados, reacios a la idea de caminar los desconocidos pasos de algún extraño, están acostumbrados a arrastrarse en los paseos cortos de mi andar cansado. 
Pero mejor que mi cuerpo se vaya sin atavío, desnudo como al nacer y prefiero en cenizas al viento ser sepultado.

Eco de sombras

Solamente soy una parte del eco.
Sombra viva alimentando la mentira.
Negación empeñada en afirmarse.
Hijo del silencio aprehendiendo palabras.
Rezo fervientemente por una desconocida
(dama que nunca fue niña).
Muchas jornadas de camino,
algunas tristes y otras vanas.
En búsqueda frenética de satisfacciones efímeras.
Desubicado, en un elemento que todo lo envejece.
De la ignorancia al desconocimiento, sin remedio.
Agotando cada experiencia hasta el hastío.
Aferrado a recuerdos de ilusiones idílicas.
Inconforme con la idea de la ausencia.
Indeciso de aventurarme sin miedo en la vida.
Probablemente defiendo una errónea teoría.
Quizás me hace falta algún tipo de renacimiento.
Liberado estoy, pero es preciso anarquizarme.

Antes de que un mal pensamiento me aniquile.

Ella me ama

La muerte me ama, 
pues un día habré de entregarle 
cuerpo y alma. 
Paciente me sabe querer, 
pues al fin sin pretextos 
en sus brazos voy a estar. 
Esta boca muda besará 
cuando la tierra me tape; 
de mi carne va a gozar
aunque la misma se pudra. 
No pretendo evitarla, 
pues se que al amarme, 
callada como es, 
vendrá sin prisa por mi ser, 
objeto de su pasión. 
Nada nos puede apartar, 
ni las caricias de otra mujer, 
que en la vida nuestro sino, 
intenten distraer. 
Aunque temo, 
día a día camino 
a reunirme con mi amor fiel.

lunes, 5 de mayo de 2014

Zapatos sin memoria


Se mira sus piernas, recién amputadas.
Los muñones envueltos en vendas y el líquido rojo, buscando los caminos arrancados meticulosamente. La cabeza en brumas, el cuerpo laxo y lo primero que ve en esos momentos anestesiados, es su monstruoso aparato ortopédico, inútil ahora para él.
Viejo aparato, como todo el tiempo que detestó su suerte; como todo lo que conoció en su infancia: sus abuelos, la antigua vecindad, las calles que parecían querer tragarse a las casas y a la gente, convirtiéndolas en un montón más de basura; vieja era también la ropa que usaba, las cortinas y las cobijas, de tan gastadas parecían morir por el calor o el frío; vieja piel curtida, de las cosas y de las personas.
Los únicos que parecían inalterables, eran los zapatos del abuelo, los que utilizaba junto con el aparato y lo hacían más pesado, más burdo; pero siempre bien lustrados. Los sometía cada noche a un cuidadoso proceso de limpieza: trapo, grasa y vela, para darles apariencia de charol; como las botas de los soldados.
Cuando aún tenía el ánimo de la infancia y la adolescencia, caminaba muchas horas por las calles sin pavimentar de su barrio; y hasta que el vigor de su espíritu se murió, jugaba fútbol con sus vecinos, en un terreno que disputaban el gobierno de la ciudad, una antiquísima fábrica de ladrillos y los propios colonos, que se consideraban dueños, por haberlo habitado desde -por lo menos-unas tres generaciones.
Corría hasta agotarse, tras el duro balón de cuero, pateándolo con sus grandes zapatos, que cada día parecían nuevos; apoyado por su aparatoso armatoste, que se fue agrandando junto con él, gracias a un sistema de resortes y broches, ingenioso invento de su abuelo, el herrero del barrio de los oficios.
“El fierros”, soñaba, por no poder evitarlo, con curarse, no volver a usar jamás ese aparato y ser parte de un equipo de fútbol; el que fuera, cualquier club deportivo lo aceptaría, si jugando con las varillas encima y esos zapatos que siempre le quedaron grandes, era un buen defensa, ya se imaginaba que sería con sus piernas sanas.
Pero el problema de su espina dorsal, que afectaba irremediablemente a sus piernas, nunca cedió y el aparato se tornó, al paso de los años, muy renuente a caminar, mucho menos a dejarse llevar a correr tras el balón, la larga hora que duraba el diario partido; y los zapatos no encogían, para aprisionar sus endebles pies, que a duras penas crecieron unos pocos centímetros, hasta que alcanzó la edad adulta.
Y muy rápido, “El fierros” se hizo viejo también, con sus piernas inservibles y sus sueños muriendo en la amargura de una realidad inevitable; los abuelos fallecieron, de sus padres jamás supo nada; la vecindad fue demolida, el gobierno expropio el terreno en el que sus sueños vivieron una hora al día, tan pocos años.
Se defendía en la vida, con lo que aprendió del oficio del abuelo, pero los tiempos cambiaron y los oficios ya no fueron tan apreciados, ni tan necesarios. La modernidad. La que le daba la opción de amputar sus extremidades inferiores y usar unas prótesis “discretas y funcionales”, sin el chirrido del aparato ortopédico, arrastrándose por las calles.

Cuando se recuperó totalmente de la operación y aceptó que ningún equipo de fútbol se pelearía sus servicios, fue al hospital a probarse la extensión de sus piernas; le daban a escoger entre varios tipos de calzado, para lo que serían sus pies. Pero los sueños se aferran a cualquier recuerdo y prefirió usar los grandes zapatos del abuelo; los que parecían haber sido comprados ese mismo día.

lunes, 28 de abril de 2014

Ratero


Un continuo golpeteo interrumpe mi sueño, me va sacando poco a poco del sopor. Repentinamente un golpe más fuerte me hace ver todo como en cámara lenta, además las cosas parecen estar entre neblina. No percibo exactamente donde estoy ni mi condición, escucho un murmullo lejano y siento algo llevándome de un lado a otro, la reacción de mis sentidos está muy retardada. Mi más cercano recuerdo tiene que ver con el frio amanecer, muchas personas esperando la llegada de un autobús y yo drogándome, con el fin de darme el valor suficiente para abordarlo y llevar a cabo un asalto.
Pero mi intención se ha frustrado, la droga me sumió en un profundo y pesado letargo, me veo reducido a un alfeñique sin gobierno de su cuerpo; mi cabeza estuvo balanceándose sin control varios minutos, rebotando contra el cristal de la ventanilla y en una brusca frenada, impactó de lleno contra la nuca del pasajero que viajaba delante de mí, dejándolo muy adolorido y molesto en su asiento, además mi cuerpo desmadejado fue a dar sobre la mujer sentada al lado mío, causándole un gran susto, por lo que ha pedido la ayuda de los demás pasajeros, los cuales, solícitos acudieron a auxiliarla, a pesar de mi torvo aspecto, pero provechando el deplorable estado en  el que me encuentro.
De pronto vienen a mi mente los gritos de algunas anteriores víctimas de mis delitos:
-¡Algún día las vas a pagar todas juntas, hijo de perra!
Rápidamente siento algo subir desde mis pies, da vueltas en mi estómago, me atenaza del cuello y trata de despertar mis instintos. Algunos hombres mayores y jóvenes me tienen sujeto por los brazos, me sacuden con violencia, veo sus bocas moverse y gestos amenazadores en sus rostros, un par de mujeres me están golpeando, pero no logran dañarme. Dentro del alboroto, en medio de la turba enardecida, encuentran el arma que oculto en mi cintura; yo parezco ausente, empiezo a darme cuenta del peligro, pero la alta dosis ingerida me tiene prácticamente indefenso.
Al parecer esta será mi última osadía, me dejo caer de rodillas para que la gente por fin me domine, cuando alcanzo a escuchar una furiosa exclamación:
-¡Hay que matarlo, le haríamos mucho bien a la sociedad eliminando a esta lacra!
Por unos instantes, estos desconocidos discuten tomar la justicia en sus manos, no estoy en posición ni condiciones de solicitar su bondad; anticipándome a cualquiera que sea su decisión, hago acopio de fuerzas y comienzo a forcejear para librarme de los captores, sin embargo la lentitud y debilidad de mis movimientos únicamente los animan para empezar a agredirme, al principio casi no siento la fuerza de sus golpes, pero cada uno va despertandome, trato de ponerme en pie entre puñetazos y patadas, muchas lanzadas sin precisión, pero la cantidad y mi pobre estado, les hace fácil la labor. El chofer del autobús se acerca a mí, armado con un bate, eso sí es algo peligroso, pienso y al grito de:
-¡Chinguen a su puta madre!,
arremeto contra las personas que se encuentran ante la puerta de salida.
Mientras todo esto ocurría, alguien debió llamar a la policía, ya se escuchan las sirenas, me queda poco tiempo; agarro fuertemente a un muchacho y me proyecto junto con él contra la puerta, esta se vence bajo nuestro peso y yo me lanzo desesperadamente, en la tentativa de alcanzar la calle. Jirones de mi ropa se quedan en las manos de los coléricos pasajeros, sus ansias de venganza no quedarán satisfechas, no a costa de mi vida; pero todavía no estoy a salvo, el escándalo ha llamado la atención de otros transeúntes y se aprestan a detenerme, por si fuera poco, la policía ha llegado. Por primera vez en mi larga carrera delictiva, me veo acorralado.
Reconozco el sitio donde nos hemos detenido, es una terminal de autobuses de transporte público, el sol ya ha salido, deben ser alrededor de las siete treinta, la multitud puede jugar a favor o en contra de mi escape.
Simulo sacar algo de la parte trasera de mi pantalón y la gente retrocede, un policía me conmina a entregarme, pero eso es lo último que pasa por mi mente. Mido el terreno, conozco a la perfección cada tramo de este lugar, sus pasillos y cada una de las bardas, puedo atravesar el laberinto sin alas.
El primer obstáculo es una malla metálica, la escalo sin dificultad, los azorados policías y usuarios del transporte me ven iniciar la huida, en el momento justo la droga me da el efecto deseado: pura adrenalina; algunos peatones se animan a seguirme, gritan amenazas tratando de asustarme, pero nada me distrae de mi objetivo, nunca vuelvo la  vista atrás, esta vez no logré el botín, mas mi libertad es primero.
Los policías amenazan con disparar, pero no cometerían esa imprudencia en un lugar tan concurrido, no me detengo, el miedo sólo me impulsa hacia adelante, además ya me encuentro bastante lejos de ellos, internándome en una zona de la terminal donde la muchedumbre se apretuja y con suerte por acá, nadie se habrá percatado del incidente.
Sigo corriendo, ahora sí, de reojo volteo, mis perseguidores se rezagaron entre tanta gente, autobuses, camionetas y puestos de comida, pero no puedo darme el lujo de sentirme a salvo, mi apariencia denota que estuve en problemas, me doy cuenta de tener la cara muy golpeada y mi ropa está destrozada, las personas se alejan de mi, pero murmuran, cualquiera podría avisar a la vigilancia, estropeando el plan.
Tras correr varios en línea recta, saltando bardas y chocando con la gente, llego al otro extremo del paradero, casi lo he logrado; veo a un hombre y a una mujer abriendo su local de ropa, cuelgan las prendas en ganchos, yo necesito vestirme para pasar desapercibido, ellos comienzan confiadamente su jornada laboral, tienen lo que me hace falta: una playera y una gorra, eso es todo.
El Diablo vuelve a lanzar los dados, tuerce la suerte y yo paso sin llamar la atención de los vendedores, cojo las prendas, sigo caminando, rápidamente me escondo entre dos puestos cerrados, no lo pienso mucho, me pongo la prenda y me calo bien la gorra.
Ando de nuevo por el pasillo, un autobús está saliendo de la terminal, algunas personas corren para subirse, aminora su velocidad, lo abordan, un pensamiento me asalta, corro también y subo al camión en marcha, no puedo irme con las manos vacías.
Ya adentro, por pura inercia, inicio mi rutina:
-¡Esto es un atraco!


lunes, 21 de abril de 2014

Semillas

Somos semillas esparcidas en la tierra, arrojadas al azar.
Días como lluvia viéndonos crecer, nos abonan con paciencia,
delicados cuidados y necesarias experiencias.
Destino indefinido, florecer o malograrnos,
afianzar nuestras raíces, ver crecer a nuevos tallos,
reverdecer en temporada y a su tiempo marchitarnos.

Botellas vacías

Encalladas en un mar de polvo y días oscuros.
Enfermas de calma, bajo un alud de miserable tiempo, fueron perdiendo plenitud.
Estancadas, sólo su sombra camina, no se inmutan si llueve, nunca notan si es lunes o es viernes, ya no ríen o lloran, nada las conmueve.
Derramadas en ocasiones 
mezquinas, desilusionadas por esperanzas esquivas.
Totalmente huecas, autoexiliadas de las emociones, perdieron el sentido del movimiento, yacen rendidas en la inanición.
Tanta noche opacó sus cuerpos, el sol no se refleja en ellas.
Otrora bellas y lozanas, bailaban, reían, cantaban; hoy lloran al verse en si mismas, tan solas y vanas.
Poco a poco van cayendo rotas; si no se quiebran sus bocas, se quedan largo tiempo abiertas.
Trituradas por el molino de la vida, polvo cristalino, amalgamado con vulgar lodo, revolviéndose en el crisol eterno del universo.

Creadores


No tienen voz las palabras,
ni tiempo los pensamientos.
Mas desde el silencio,
cuando la idea se gesta,
encuentra sonido,
forma y material.
Se infiltra en algunos sueños,
usa un tono que escuchan los sordos,
hace cantar a la madera y al hierro,
es la perfecta armonía
del bien y el mal.
Se deja retratar
en un boceto ,
o se vierte en 
tremulas letras;
es un susurro divino
o un grito diabólico,
como sea, a quien lo escucha
le llaman loco.
Mentes inspiradas,
del asombro al delirio,
manos en movimiento,
atrapan fantasías,
juntan notas o 
engarzan verbos;
le dan cuerpo a la cantera,
en colores perpetúan visiones.
Instinto primitivo,
arcaicos ensueños,
perviven y nutren
atemporales momentos.

lunes, 14 de abril de 2014

El pensamiento

El pensamiento es alma de la palabra.
Voz del silencio infinito.
Sueños sin amo, polen del numen.
Una musa hablando a tu oreja,
cuando andas en el caos del ruido.
En calladas formas se expone,
cada idea te trae una sorpresa.
Singulares instantes,
atisbos de portentos,
mejor si te encuentran atento.
En el intento de unir los elementos,
tus defectos no afectan los efectos.

Insomnio



Mosquitos volando muy cerca de mis ojos.
Inquieto silencio fracasa al intentar dormir.
Campanas de costumbre, llaman a la fe matutina.
Gatos huérfanos, confiados, vagan azoteas.
Perros peleoneros defienden su esquina.
Luciérnagas de pólvora mueren en el piso.
Asustadizos grillos interrumpen su arrullo.
Se confunden los gritos de alegría y espanto.
Esas explosiones seguro fueron de balas.
Calles fiesta, casas velorio; nadie descansa.
Luna paseó en el cielo mientras yo la veía.
Tras larga cabalgata, baja cansada; aparca.
Pájaros despiertan puntuales y aún es noche.
Tumulto de autos, prisa, ira y reproches.
Tonta pendencia, sin consciencia, por inercia.
Rota la calma de la hermosa claridad.
Mala realidad de luz y ruido; triste despertar.

Un largo día

Sol del polo,
que brillas
en la fría
noche blanca.

Detenido,
sobre la cumbre
solitaria
del mundo.
Solsticio de verano.

Errante,
el viento
ulula
por mil rutas.

Hielo perenne
se extiende
hacia el centro,
en gélidas brisas.

Luces caprichosas,
almas de escarcha
danzan, se iluminan
con el viento solar.

Medio giro,
después de días
oscurece el cielo;
sin luz, la noche
parece eterna.
Solsticio de invierno.



lunes, 7 de abril de 2014

Mudos parlantes


Una obsesión y los objetos.
Alrededor del pensamiento.
En el vacío las formas,
los colores y la apreciación.
Me pregunto qué hay adentro,
cuando estoy afuera y siempre,
en el interior, el ansia me lleva
a buscar salida; dividido,
sin poder partirme, quiero tomar
lo mejor. Tras varios intentos,
quedo complacido, satisfecho no.
Ayer inmediato, aquí instantáneo,
compendio de momentos.
Gestos cautivos en ambigüedad,
gritos sin sonido, ímpetu contenido
en papel, pedazos de una vida.
El sentimiento interpreta la imagén
y la memoria entra en acción.
Dentro de un pequeño cuadro,
las palabras en silencio, quieren ser.
Alma de alquimia en pequeño taller,
 mano a mano pasa el pasado.
Un segundo es absoluto, tan fugaz
y diminuto, en su condición infinita,
revela su sobrevivencia,
desde el silencio llano.
 Tiempo sin límites,
contiene algo que es parte
de un breve siempre;
ejercicio de la luz, 
sútil látido se imprime y
suma al índice otro recuerdo.

lunes, 31 de marzo de 2014

Niño perdido

-Quiero ser poeta,
le dije a mi abuela y me enseño a rezar.
-Tú no sirves para nada,
me dijo el profesor
y me dejó toda una mañana
viendo de frente al pizarrón.
-Me gustaría aprender a tocar el violín,
le contesté a mi padre,
cuando preguntó qué iba a ser de mi vida;
lo ignoró, quiso enseñarme su oficio,
pero yo atendí el llamado de la calle y
salí con mis amigos a jugar fútbol.
-¡Estoy aburrido!
reclamé a mi madre al verla lavar ropa,
preparando la comida,
acomodar las macetas en la sombra,
dándome una rebanada de sandía y
hacer otras cosas que yo no apreciaba;
y ella se tomó un momento para decirme:
-Lee todos los libros que están en mi cuarto
y después hablamos.
No volvimos a tocar ese tema,
ni leí todas esas obras,
pero yo crecí creyendo
que podría emular a Rubén Darío,
que vería mi nombre en lomos negros
a un lado de Mark Twain o -ya un poco mayor-
regodearme en la eternidad junto a James Joyce.
Un día entregué mi tarea, era una composición,
debía alabar el patriótico sacrificio de
“los héroes que lograron nuestra libertad”,
pero yo pensé en lucir mi don de escritor,
haciendo una apología del pueblo liberado
mas no para el libertador.
-Usted va a terminar muy mal,
me dijo otro profesor y pase seis horas más
llorando una rabia incierta, con la frente
sucia de gis por contarle mi tristeza
al mismo pizarrón.
Tantas palabras han muerto en mis manos,
algunas ahogadas en noches
que presumían ser interminables
y al final, se vaciaron en un instante
de vasos quebrados.
-Voy a escribir un libro,
(no cualquier libro, será un gran libro)
le comenté a compañeros de trabajo,
un viernes por la tarde, en el bar;
me miraron con apatía y me recordaron
que era mi turno de pagar otras bebidas.
Y ahora sólo poseo la certeza
de que de todas las cosas escritas
ninguna me pertenece; nada más
sé que alguna de estas noches,

una de esas muertes va a llevar mi nombre.

lunes, 24 de marzo de 2014

Es tu pureza tan seductora,
aviva la simiente de mi fantasía;
esparciré dentro de tus bordes,
intentos de simbolizar imágenes.
Un dardo indeciso pretende mancharte,
marcar en tu espacio al deslizarse,
con fervor siembra en tu mesura,
señas indelebles de mi terquedad.
Líneas rectas y curvas,
arman tramas inicuas,
paciente las aceptas,
aunque distingues su ansiedad.
Estrujo tu fino cuerpo con avidez,
evidenciando torpeza y arrogancia,
volcados a colmarte los sentidos,
errando en caminos ahogados.
El silencio es confusa respuesta,
a pesar de contar con tu atención,
se desvanecen abatidos los intentos.
Reincido en el propósito de colmarte,
rebosando idilio con tu fina blancura.
Insignificante es lo que te brindo,
anhelo verterme en ti, pero decaigo;
tú en mis manos, mas te pertenezco.
Pesco en remolinos,
cazo esqueletos en desiertos,
tiro lágrimas sobre parajes pétreos,
para cosechar lozanos abrojos,
persigo evanescentes sombras,
restauro escombros del futuro,
engendro improbables esencias,
donde el pasado señorea.
Desguazado por un huracán sin curso,
regreso sobre las trazas de mis huellas,
avivando los rescoldos del vigor,
con el último soplo moribundo,
en un comienzo interminable.
Habitando el paraíso de los soles,
reposo al cobijo de mil lunas,
conociendo portentos de otras eras,
una mano asida a los errores,
la otra no ceja en férrea pugna,
ambas construyendo la quimera.
Sostengo hasta el atardecer mis torres,
oteando complacido al horizonte,
los sentidos gustosos de memorias,
al revelarse perentoria la partida,
común sino se asume sin lamentos,
calma la entraña, paz en el ceño.
Antes de apagar la luz y poner candado,
porfiados seres incorpóreos me despiden,
aguardando verme de rodillas,
hasta que en lo oscuro mi alma more,
apreciado botín de mis despojos,
al paso de la edad se rinde.

lunes, 10 de marzo de 2014

El Incredulo




Algunos camioneros refieren que, de madrugada, por las carreteras del país aparecen a la orilla del camino, algunas personas pidiendo aventón; se distinguen fácilmente, pues siempre visten de blanco y con el reflejo de las luces de los automotores, parecen iluminarse; si el conductor se detiene para brindarle la cortesía, esta se aproxima despacio por el lado del acompañante y solicita educadamente el favor, dirigiéndose al chófer, por su nombre. Aunque, a decir verdad, muchos no creen estas anécdotas, pues nada más les suceden a los conductores cuando viajan sin compañía o justo cuando el ayudante se encuentra dormido.
Genaro viajó muchas veces como copiloto, siempre atento cuando comenzaban los primeros minutos de un nuevo día, para no perderse el avistamiento de alguna de esas personas, errando a altas horas de la noche, arriesgándose a ser revolcados por las corrientes de aire, generadas por la velocidad y volumen del transporte de carga. Según su propia experiencia, lo que los demás contaban era pura invención, pues él jamás vio un caminante nocturno en sus muchos viajes; por el contrario, corroboraba la versión de varios trabajadores de apoyo, acerca de que los supuestos errantes trasnochadores, eran producto del cansancio y la imaginación del conductor, después de continuas jornadas al frente del volante; Genaro conocía a todos los que afirmaban estas historias, incluso tomaban esos hechos como una ayuda divina, pues cuando más fatigados se sentían y la vista se empezaba a nublar, divisaban al lado del camino a una persona, que caminando, pedía aventón. A pesar de hacer esfuerzos por permanecer despierto, a Genaro nunca le tocó vivir esta circunstancia, invariablemente se quedaba dormido y cuando despertaba, el conductor en turno le decía que la persona ya se había apeado del vehículo, reforzando su versión de que esas pláticas eran puro cuento; él se complacía en argumentar que esos andantes, de los cuales muchos compañeros suyos hacían mención, eran los remolinos formados por el veloz giro de los neumáticos al levantar la tierra de los costados de la carretera y al ser iluminados por los faros del camión.
Ante esa sesuda respuesta, los choferes reían y le decían que ya le llegaría su oportunidad de empezar a viajar solo, entonces sí, podría comprobar por cuenta propia la singular situación.
Cuando alcanzó la mayoría de edad, Genaro tuvo la suficiente experiencia para emplearse como conductor, conocía cada ruta cubierta por la empresa para la que laboraba y contaba con la confianza suficiente para tomar la responsabilidad de conducir largas horas, por las caminos asfaltados de su tierra natal y por qué no, de los países vecinos también.
Cabe decir que a pesar de prácticamente haber nacido en la carretera, pues poco faltó para que fuera arrojado al mundo en la cabina del camión de su padre, Genaro era un incrédulo, pero no ponía en duda nada acerca de todas las demás historias referidas por los camioneros; seguía varios ritos, sólo por costumbre, simplemente no cuestionaba, prefería dedicarse sin distracciones a su trabajo, primero, durante su infancia y adolescencia, como un ayudante solícito y eficiente.

Los primeros viajes, ya de operador, los hizo en compañía de algún ayudante; con el ánimo de las etapas que se inician, Genaro era un conversador interesante, tenía en su haber narraciones fantásticas sobre los lugares a los que había viajado durante toda su vida, sobre todo ponía énfasis en los paisajes, atardeceres y amaneceres que había tenido la dicha de contemplar; sus relatos rara vez incluían vivencias con gente, excepto si la charla derivaba hacia las repetidas ocasiones en las que se solazó en el placentero abandono, en brazos de una mujer.

Pero, como a todos, le tocó empezar a viajar en solitario, por supuesto no es lo mismo, entonces se distraía escuchando los reportes de sus compañeros a la central u oyendo por largas horas el radio, aunque en realidad no se sentía incomodo, pues prefería la soledad. Al no tener nadie esperando su regreso, se concentraba al cien por ciento en su trabajo, procurando cumplir puntualmente las salidas y llegadas, era un hombre disciplinado que no se permitía ningún exceso capaz de entorpecer su desempeño.
Una noche que circulaba por el libramiento de la México-Tuxpam, a la altura de Huajomulco, poblado de Tulancingo, acusando los estragos de otra pesada jornada, casi sin sentirlo comenzó a perder el dominio de su cuerpo, parpadeaba con insistencia, tratando de contrarrestar los efectos de la fatiga, sin embargo el cansancio empezó a jugarle la broma de hacerle creer que las señalizaciones eran personas caminando sin preocupación a la vera del camino; apretaba con fuerza los ojos y movía la cabeza enérgicamente, tratando de sacudirse la modorra, pero el ronronear del motor le proporcionaba un plácido arrullo, sumiéndolo despacio en ingobernable semiinconsciencia. Como previsión, llevaba siempre a la mano un chile habanero, para darle una buena mordida y sin miramientos sufrir los infernales efectos del potente picante, lo cual mitigaba rotundamente las ganas de dormir, pero el sueño le ganaba terreno esta vez y no atino a recordar el eficaz remedio.
De pronto algo despertó su instinto, con rapidez giro la manija para bajar la ventanilla de su puerta lateral, la bofetada de aire gélido lo despertó casi de inmediato, justo a tiempo para retomar el control del volante y evitar la invasión del carril contrario, a muy poco de impactar de frente contra otro carguero que ya venía hacia él, haciendo el cambio de luces. Al pasar cerca uno de otro, nada más hicieron sonar las cornetas de sus tractocamiones.
Ya recuperado del sobresalto y decidido a soportar el intenso frío, bien sentado e irguiendo su columna vertebral, bien atento al camino, Genaro descartó que aquella figura blanca, a la cual se acercaba, fuese una persona andando sin precaución muy cerca de la línea del carril. Siempre recordaba esa historia respecto a los caminantes nocturnos, pero no disminuyó la velocidad, al pasar cerca de ella, no intento corroborar lo que por muchos años había argumentado acerca del asunto, pero el bulto le pareció más el cuerpo de una persona en movimiento que un remolino formado por las llantas del camión. Sin embargo no se detuvo hasta llegar a las bodegas de la central de abastos de Papantla.

El viejo Atenógenes, quien estaba a pocas semanas de su jubilación, fue el primero en toparse con Genaro en los patios de carga de la central; descifró de inmediato la causa de su ansiedad, pues fue él mismo quien lo tomó bajó su tutela, cuando los padres de Genaro, siendo todavía un niño, lo abandonaron en ese mismo lugar, para salir a buscar su suerte por caminos separados; sin reparo alguno le soltó la pregunta:
-¿Por fin lo viste, Genaro?
Fingiendo estar distraído, pero sin lograr aparentar desconcierto por la interrogación, Genaro le respondió:
-¿Ver qué, Oge?
-No te hagas pendejo conmigo, muchacho. Tu cara me dice todo y me corto un huevo y la mitad del otro, si fuiste capaz de detenerte para brindarle la ayuda a esa persona; no te hubiera pasado nada, esos que andan errando por las carreteras, sólo buscan unos momentos de tranquilidad. Entiendo que no quisieras hablar de este asunto, pero sabes que tienes la obligación de auxiliar a quien te lo solicite en el camino, a menos que estés seguro de haber pasado junto a un remolino.
Le dijo Don Oge, con notable sorna.
Genaro nada respondió.
-¡Ah, pinche muchacho descreído! No vuelvas a dejar a una persona desamparada en la carretera y menos de noche, eso no está bien, lo sabes.

Por primera vez, en toda su vida, Genaro le dio la espalda al viejo Atenógenes y se alejó de él, no por faltarle al respeto, si no porque la inquietud experimentada esa madrugada, lo empezó a acosar, un remordimiento que lo haría cambiar su manera de proceder en lo venidero, pues se sentía de alguna manera incompleto, al haber incumplido con una de las tradiciones de todo buen camionero, pues aunque él conservara sus dudas, así son las costumbres.

Aunque algunos dicen que las oportunidades no se presentan dos veces y menos en el mismo lugar, Genaro tuvo la ocasión, meses después, de volver a transitar por el libramiento de la México-Tuxpam, también de madrugada, no obstante ningún recuerdo de esa situación se colaba en su mente, sólo la firme intención, como siempre,  de no quedarse dormido, tomando como buena opción el recurso del chile habanero.
Con los ojos bien abiertos y alerta los sentidos, observaba la prolongada recta que lo antecedía, el reflejo de las luces sobre las señales, formaban las confusas imágenes de formas humanas desplazándose a lo largo de las orillas del camino, pero de pronto, entre estas, Genaro distinguió la figura blanca; quitó el pie del acelerador, nada más, sin pisar el pedal del freno; el muchacho era terco y defendía sus ideas, no guardaba en sí ninguna intención de ceder a las presiones de sus veteranos compañeros, insistía con los novatos en que esa historia de los caminantes nocturnos era pura farsa. Ya cerca de la figura, quiso cerciorarse que se trataba de la tierra arremolinándose al paso de su camión, sin embargo pudo ver con claridad a una persona haciendo la seña para pedir aventón; vestida con una prenda blanca parecida a un gabán, extendiendo la mano, viendo en dirección a él, una expresión de indiferencia en el rostro, pero con una mirada penetrante. A pesar de disminuir la velocidad, no consideró detenerse, de todos modos el instante se había ido.
Bastante asustado, Genaro se acomodó bien en su asiento, a tiempo para darse cuenta de que iba, sin remedio, a estrellarse contra una gigantesca grúa, aparcada en el acotamiento, debido a los trabajos de la ampliación para la carretera México-Túxpam. Esa distracción le costó caro, a sus 24 años, por fin comprendió; sin aspavientos, se aferró al volante, viró rápidamente para evitar el impacto frontal, pero sin poder librarse de su fatal epílogo.

Atenógenes hacía su último viaje como conductor, lo acompañaba un nuevo ayudante.
-Esa es la historia de mi querido Genaro. Así que, chamaco, no desdeñes las charlas de los viejos, en este trabajo te serán de mucha utilidad; además de tus ojos, procura tener la mente bien despierta.
La madrugada les da alcance en el tramo del libramiento de la México-Tuxpam, a la altura de Huajomulco, poblado de Tulancingo; los ojos de Don Oge se nublan de nostalgia, el ayudante cabecea, pero algo le hace reaccionar y fija su vista en la orilla del camino.
-¡Mire Don Atenógenes, parece que alguien va caminando a un lado de la carretera! No estoy seguro, pero creo que nos está pidiendo aventón.
-Así es, muchacho.

Pocos metros delante de la blanca figura, el experimentado conductor hace alto total, esta se acerca a la puerta del copiloto caminando sin prisa, el ayudante abre y de un rostro con expresión indiferente, pero de profunda mirada, se escucha decir:
-¿Me hace el favor de llevarme, Don Atenógenes?

-¡Claro que sí Genaro, vámonos!